El laico misionero, una aproximación teológica - II

artículo en pdf>>

Eloy Bueno de la Fuente
Doctor en Misionología y Decano de la Facultad de Teología del Norte de España, Sede de Burgos


EL DINAMISMO DE LA MISIÓN UNIVERSAL DE UNA IGLESIA BAUTISMAL

El bautismo sella, como hemos visto, un modo nuevo de vida, personal y comunitaria, que introduce en la historia humana una voluntad de transforma­ción desde el criterio del sueño de Dios y de la consumación escatológica, de la creación originaria y de la nueva creación. La Alianza definitiva realizada en Jesús, el Hijo, es el punto de referencia irrenunciable. Y por ello conserva y radicaliza la universalidad de la que hemos venido hablando: tanto en sentido cuantitativo, porque abarca la creación entera, como en sentido cualitativo, porque se refiere a la plenitud e integridad de la vida regalada por Dios.

La Iglesia, en cuanto vive consciente y lúcidamente su origen bautismal, hace presente en el mundo la novedad de la Alianza. Más aún: para eso ha sido convocada y para eso existe. Desde la fidelidad a esta vocación originaria debe valorar su modo de actuación y debe discernir la articulación de sus actividades. Es ese componente bautismal el que le recuerda, como llamada permanente a la conversión, que nunca puede estrechar o limitar sus pretensiones y sus aspiraciones. Es por ello comprensible que desde su origen sea apostólica: porque está cimentada sobre los testigos de la resurrección y porque es enviada para que ese testimonio sea experiencia viva y concreta en todos los lugares de la tierra.

IGLESIA DE BAUTIZADOS: COMUNIDAD DE LA ALIANZA

El bautismo no es, a la luz de lo visto, un acto eminentemente individual. Pues es la Iglesia quien lo celebra. Ni siquiera basta decir que tiene como efecto introducir al bautizado como nuevo miembro. Al celebrar el bautismo sigue asumiendo, como comunidad de personas, el proyecto de la Alianza, en su apertura universal y en sus implicaciones ilimitadas. Por ello esa comunidad de bautizados es intrínse­camente misionera, con una misión sin fronteras, pues es lo que exige la Alianza.

La Iglesia es ante todo las personas que la constituyen. Y todas ellas -sin distinción alguna- han de asumir la responsabilidad de la misión. Por tanto toda comunidad eclesial que se sienta de modo efectivo protagonista de la misión y de la Alianza debe contemplarse, vivirse y organizarse desde dos coordenadas que merecen una mención explícita.

Esta doble coordenada, si se aplica a las personas concretas, dará origen a modalidades diversas de compromiso con la misión y con la Alianza. Ese es el espacio peculiar de los bautizados que llamamos "laicos". Lo decisivo sin em­bargo de su contribución peculiar arranca del bautismo en cuanto es modulado por las circunstancias.

LA IGLESIA SE EDIFICA PARA EL SERVICIO DE LA EVANGELIZACIÓN

La Iglesia, en cuanto realidad personal, es un edificio "de piedras vivas", pues cada uno de sus miembros es en verdad la Iglesia enviada como servidora y testigo de la nueva Alianza.

Pero por ser organismo vivo y realidad personal no se debe pensar que todos los bautizados son Iglesia de modo uniforme u homogéneo. Cada uno aporta su propia peculiaridad, pues cada uno ha recibido de un modo propio el don del Espíritu. Este don del Espíritu, en cuanto modulado por la propia experien­cia creyente, es el carisma. Difícilmente se puede dar un bautizado sin carisma. También -y sobre todo- en el ámbito eclesial hay que recordar que no hay copias sino originales, porque cada carisma es peculiar, insustituible.

Lo mismo podemos decir de las vocaciones en la Iglesia. Cada uno ha sido llamado por su nombre, y por ello cada uno ha de responder personalmente, y de modo irremplazable, a la llamada que le ha sido dirigida. Hay diversidad de vocaciones y por ello modos diversos de situarse en la Iglesia y en sus responsabilidades. Algunas de ellas contienen rasgos semejantes, y por eso pueden ser denominadas con un término común (presbíteros, consagrados con votos, laicos que viven su vocación en las realidades mundanas). Pero lo decisivo es su ca­rácter cristiano, en cuanto se modula según las circunstancias y la vocación.

La variedad de carismas y de vocaciones deben ser valoradas desde su ca­pacidad o potencialidad para desarrollar la misión de la Iglesia y la prolongación de la Alianza. El carisma tiene como objetivo la edificación de la Iglesia. Pero la Iglesia se edifica con el objetivo de servir fielmente a la misión de Dios. Por ello no puede haber vocación cristiana (tampoco entre los laicos) que se des vincule del dinamismo del proyecto universal de Dios que se va expresando a través de las diversas alianzas.

UNA IGLESIA QUE SALE AL ENCUENTRO DE LOS PUEBLOS CRUZANDO ORILLAS

Esta experiencia eclesial que se edifica para la evangelización no puede quedar reducida al propio ámbito comunitario. Ha de salir al encuentro del otro, de los otros, que se encuentran fuera . Vive de un dinamismo que se abre como una invitación para la acogida y para la transformación de los hombres, de las relaciones entre los pueblos, de la realidad en su conjunto. Así se fue haciendo la Iglesia en la historia.

En un primer momento el grupo inicial de seguidores de Jesús y de los con­vocados en la Pascua se encontraban en el cenáculo. Pero fueron empujados por el Espíritu a salir del cenáculo para afrontar los dramas de la historia y el enfrentamiento entre los pueblos. En ese paso trascendental consistió Pentecostés. La alianza de Abraham se hacía efectiva gracias a la Iglesia: frente a la división o separación de los pueblos, reflejada en el relato de Babel, el servicio al evan­gelio por parte de la Iglesia consistió en realizar la reconciliación entre los pueblos, convocados por el mismo anuncio y la misma experiencia.

La Iglesia sale del cenáculo sintiéndose misionera en cuanto reconstituía la unidad perdida o amenazada de la familia humana. Y a partir de ese momento la historia de la Iglesia iba a desarrollarse naciendo entre los diversos pueblos, como acto de reconciliación, unificando a hombres y mujeres de diversas razas al integrarlos en la misma Alianza de alcance universal.

Ese dinamismo iría encontrando modalidades multiformes a lo largo de los siglos en función de las circunstancias históricas. En un primer momento todos los bautizados (soldados, comerciantes, viajeros...) eran conscientes de la obligación que contraían. Algunos de un modo especial se consagraban enteramente al despliegue de la misión comunitaria. Pero todos se vivían como iglesia concreta en estado de misión en medio de un entorno pagano y con la mirada puesta más allá del propio ámbito comunitario. Y cada uno lo realizaba según sus posibilidades, en fidelidad al propio carisma. Aún en medio de las lógicas insuficiencias, el modo de vivir la propia fe llevaba consigo la obligación de un testimonio novedoso en medio del mundo no creyente.

Posteriormente esta conciencia compartida se manifestaría especialmente en las grandes encrucijadas históricas. Cuando pueblos desconocidos fueron penetrando en el marco del Imperio romano las distintas comunidades eclesiales, bajo el estímulo de los obispos, supieron acoger a aquellos pueblos desconocidos en el seno de la Iglesia (es de reseñar por ejemplo el papel activo asumido por las mujeres en su vida familiar y matrimonial).

Un esfuerzo insuperable se realizó en el momento de la ampliación de horizontes geográficos al inicio de la época moderna. En los navíos de los conquis­tadores se encontraban numerosos miembros de congregaciones religiosas. Pero su tarea hubiera sido menos eficaz sin el apoyo de capitanes, soldados, funcionarios, hombres de letras... Con todos los condicionamientos de la teología de que disponía y con todas las miserias de los intereses humanos y mundanos, lo que resulta significativo es que los protagonistas de aquella aventura consideraban que su presencia en aquellos lugares no podía prescindir de la presencia de la Iglesia y de la celebración de la fe. Incluso no fueron escasos los intentos de dar origen a modos de vida que respondieran al proyecto original del Dios de la creación. La misma denuncia profética de muchos misioneros vivía de la utopía del paraíso y del jubileo del Reino.

En todos estos ejemplos históricos se nos impone una pregunta que debe valer para nuestro presente: ¿quiénes está realmente presentes en esas encrucijadas históricas y sociales? Cada uno a su modo y con posibilidades distintas, limitado incluso por el horizonte cultural y teológico de la época, pero con la voluntad de responder a la Alianza. Hemos ido introduciendo alusiones a personas múltiples que se han sentido protagonistas desde su fe y desde su modo de estar en la Iglesia. Esa ha de ser clave y criterio para nuestro discernimiento actual.

EL TRAS TOCAMIENTO DE SITUACIONES: LAS ORILLAS DE NUESTRAS ENCRUCUADAS

Tantos esfuerzos evangelizadores, que pretendían integrar a nuevos grupos humanos en la Alianza de Dios en Jesucristo, fueron dando origen a numerosas misiones que, con el paso del tiempo, se fueron constituyendo y afirmando como iglesias locales, con todas las virtudes y defectos de una experiencia de novedad y de juventud. Este inmenso esfuerzo ha ido haciendo de la Iglesia de Jesucristo una Iglesia auténticamente mundial que se siente y se descubre como comunión de iglesias. Esta nueva experiencia encierra la mayor riqueza para avanzar en el tercer milenio de un mundo globalizado.

Conviene observar que todo este inmenso esfuerzo fue posible no sólo gracias a la tarea de clérigos o de extranjeros. Sin la responsabilidad de muchos bautizados, especialmente nativos, no hubiera cuajado la consolidación de igle­sias conscientes de sí mismas. Catequistas, responsables de comunidades, políticos, intelectuales, madres de familia, profesionales... hicieron que la Alianza de la nueva Pascua se hiciera presente en la mayor parte de las regiones y culturas de nuestro mundo.

Con la mirada puesta en el futuro se puede afirmar que la misión universal de la Iglesia (y la misión de Dios) no se realizará si los diversos miembros de la Iglesia no asumen su propia responsabilidad. Y ello lógicamente se ha de referir de modo especial a aquellos que se encuentran realizando su vocación cristiana en las actuales encrucijadas de la historia, en las autopistas por las que se mueven nuestros contemporáneos. Son esas encrucijadas y esas autopistas las que van señalando las orillas que hay que atravesar y las fronteras que hay que rebasar. Precisamente en un mundo globalizado y en una civilización unificada las orillas y las fronteras se multiplican, se diversifican y se hacen más complejas. Por eso es tarea fundamental de las diversas comunidades eclesiales el discernimiento que permita identificar los carismas presentes en su seno y para ofrecerles los cauces y el apoyo que sean necesarios. No puede bastar evidente­mente que algunos se sientan llamados y que respondan con generosidad, es preciso que su compromiso sea vivido como proyección de toda la comunidad eclesial.

Durante mucho tiempo, como indicábamos, había dominado una concepción geográfica de la misión: los misioneros debían alejarse de su lugar de origen para acceder a territorios lejanos. En la actualidad la lejanía y la salida deben ser comprendidas en una perspectiva nueva: hay espacios de vacío soterio­lógico que deben ser evangelizados (la pobreza, la opresión, la soledad), hay espacios culturales en los que debe sembrar la semilla del evangelio (literatura, música, publicidad), hay espacios institucionales en que se debe introducir la presencia cristiana (la empresa, los organismos internacionales, las estructuras políticas), hay espacios sociales en los que hay que presentar el testimonio cristiano (los nuevos movimientos sociales), hay espacios de comunicación en que debe resonar el relato de la Alianza (el amplio mundo de los medios y de la red informática). ¿Quiénes están en esas fronteras o en esos areópagos para vivir como cristianos? El "heme aquf' de su fe tendrá espontáneamente una dimensión universal.

El novedoso mensaje de Juan Pablo II desde la "Redemptoris Missio" apunta en esta dirección. Trata de defender el sentido válido de la misión 'ad gentes' y de la universalidad de la misión de la Iglesia. Incluso mantiene la validez del criterio geográfico porque cuantitativamente el número de no cristianos ha crecido significativamente. Pero a la vez reconoce la fluidez de los criterios clásicos y el trastocamiento de situaciones. Por ello despliega ante los ojos de las iglesias locales y de los bautizados singulares la perspectiva de los nuevos modos y los nuevos horizontes de la misión. Especialmente se refiere a los "nuevos areópagos" y a las "fronteras de la historia": esos son los lugares y las encrucijadas por los que debe avanzar el dinamismo de la Alianza.

En estos lugares y espacios humanos pueden ciertamente actuar presbíteros y consagrados. Pero deben ser fundamentalmente los laicos quienes vivan en esos ámbitos seculares su vocación cristiana y su envío apostólico. Sobre todo la propia profesión debe ser vivida cristianamente en clave de misión. Pero además todos pueden promover una más eficaz presencia del evangelio a través de las mediaciones sociales y políticas.

Ante la magnitud del desafío se impone con más fuerza el juicio que enunciábamos anteriormente: sin el compromiso misionero de los laicos la misión universal y sin fronteras de la Iglesia quedará bloqueada porque no se desplegará en las encrucijadas y autopistas de la civilización del futuro. Por ello debe resonar en toda su fuerza profética la afirmación contundente de Juan Pablo II: la misión de la Iglesia está todavía en sus comienzos.

EL MULTIFORME COMPROMISO MISIONERO DE LOS LAICOS

"Cristianos laicos Iglesia en el mundo" es el título afortunado y expresivo publicado por los obispos españoles: los laicos son ante todo cristianos (bautiza­dos en y como Iglesia), son la Iglesia en el mundo, porque especialmente en ellos la Iglesia y la Alianza encuentran las realidades mundanas en las que los hombres realizan su vida y construyen su futuro. Ya hemos mencionado, dentro de esa lógica, el dinamismo y los ámbitos que dan dimensión universal al testimonio de su fe. Los laicos cristianos (los cristianos laicos) deben ser educados en estas perspectivas, para que descubran nuevas vías a su inserción eclesial y vivan permanentemente de la fuerza rejuvenecedora y de la alegría de la misión.

Los laicos profesionales deben generar asociaciones de carácter técnico o especializado para afrontar la evangelización en los "nuevos horizontes de la misión". Es un modo de vivir comunitariamente la propia vocación cristiana. De modo especial las iglesias locales deben estimular este tipo de agrupaciones, que responden a la dinámica eclesial, para hacerse presente a través de ellas en los nuevos horizontes de la misión. Se debe evaluar y apoyar lo que de "salida" y "éxodo" hay en compromisos semejantes, especialmente si tenemos en cuenta que en buena medida los nuevos mundos de nuestra civilización se apoyan sobre bases paganas (al margen por tanto del relato cristiano de la Alianza de Jesucristo).

Este tipo de asociaciones pueden servir también de cauce para envíos a otras zonas geográficas. De hecho este tipo de asociaciones es en la actualidad más abundante que las señaladas en el párrafo anterior. Estas asociaciones muestran otro modo, profundamente significativo, de la salida. Las comunidades eclesiales no deben ver tales iniciativas como algo distante sino como prolongación de la misma vida de la comunidad. Desde esta perspectiva las comunidades eclesiales pueden valorar también como servicio misionero la variedad de actividades que llevan adelante los laicos (cooperación, desarrollo, promoción, educación, pacificación...).

También en la vida cotidiana de la comunidad el laico debe conservar y cultivar su dimensión misionera. Debe hacer posible que la comunidad viva en es­tado de misión, como testimonio en su entorno, y con la mirada abierta a las ne­cesidades evangelizadoras del mundo entero. La información, la oración, el apoyo económico, los contactos personales, la escucha de los relatos misioneros de quienes los han protagonizado... han de formar parte del tejido cotidiano de la vida comunitaria. El bautismo y la inserción ec1esial deben mostrar su fecundidad en el entramado de la cotidianeidad ec1esial. De ello depende el optimismo y la juventud de cada una de nuestras iglesias. Por eso la animación misionera debe integrar estos nuevos planteamientos, pero tampoco ello será posible si los laicos no lo asumen como competencia propia.


CONCLUSIÓN

Tal vez algún lector pueda pensar que no hemos hablado suficientemente de los laicos misioneros, o que no lo hemos hecho de modo directo. Queremos recordar sin embargo que hemos insistido fundamentalmente en el hecho de que la Iglesia debe estructurarse desde el bautismo y de que todos los cristianos -cada uno en sus circunstancias- deben asumir su responsabilidad misionera. ¿No es ello hablar continuamente de los laicos misioneros y de que son ellos precisamente los que deben configurar el rostro de la Iglesia en el futuro?

También los laicos misioneros deben redescubrir permanentemente el ca­rácter cristiano de su compromiso, que no puede apoyarse más que en el bautismo. Ello no los aleja de los problemas del mundo, sino que los inserta, más profunda y responsablemente en ellos, especialmente si los contemplan desde la perspectiva de la Alianza.

Solidarios con los hombres y mujeres de su tiempo, actuando con ellos y a favor de ellos, pueden aportar una contribución peculiar: desde la Alianza de Dios en Jesucristo la historia adquiere un sentido nuevo porque en Jesús Resucitado se realiza la plenitud de lo humano y se anticipa la nue­va creación; cada ser humano adquiere así una dignidad insuperable: por ser hijo en el Hijo gracias al gozo del Espíritu adquiere nueva garantía la esperanza///.

 

subir>>