El Señor nos envía a anunciar la Buena Nueva . Todo cristiano desde el bautismo está como Jesús, enviado a proclamar la Buena Nueva. No todos están llamados a ir a las misiones: -dice Redemptoris Missio 23- «Se es misionero ante todo por lo que se es , antes de serlo por lo que se dice o se hace ». Lo determinante no es el «dónde» sino el «cómo». Podemos ser auténticos apóstoles, y del modo más fecundo, también entre las paredes domésticas, en el puesto de trabajo, en una cama de hospital, en la clausura de un convento...: lo que cuenta es que el corazón arda de esa caridad divina como la única que puede transformar en luz, fuego y nueva vida para todo el Cuerpo Místico, hasta los confines de la tierra, no sólo los sufrimientos físicos y morales, sino también la fatiga misma de las cosas de cada día.
Y como nos ilumina el Documento de Aparecida, en el nº 548: «No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros»