12 de marzo de 2009, Asamblea Nacional de OMP

«María misionera salió de Nazaret, simplemente para servir»

«Homilía del Director Nacional de Obras Misionales Pontificias de Argentina, el 12 de marzo de 2009 durante la misa concelebrada en la Basílica Nacional Nuestra Señora de Luján, en el marco de la Asamblea Anual de los Directores Diocesanos de OMP»

Estamos celebrando esta Eucaristía haciendo memoria del acontecimiento de Pentecostés.

Entrega de la ImagenEstamos reunidos con María de Luján, la Madre de Jesús, nuestra mamá del cielo, y aun después de partir de esta Basílica seguiremos viviendo, bajo el impulso del Espíritu Santo, del ardor que él nos infunde, de la comunión que él forja entre nosotros y de la abundancia de los carismas y ministerios que él regala a su Iglesia misionera.

Nos inspira esta tarde, el bellísimo texto de la Visitación de María. Recordamos a la Santísima Virgen, que llevando a Jesús en su seno, se apresuró a visitar a su pariente Isabel.

Fue la primera acción misionera de María que nos narran los Evangelios. Bastó una insinuación del Ángel Gabriel, y ella se puso en camino, presurosa, hacia el hogar de su prima Isabel. Prefirió no quedarse en casa, adorando a Jesús recién concebido en su seno.

Es evidente, nunca tuvo la tentación de separar el amor a Dios del amor al prójimo. A ambos amores, entrelazados en su alma, se dedicaba con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas.

Tampoco la detuvieron los peligros del camino. María, llena de valor, si bien era muy joven, partió con el Niño. Como custodia viva, salió esa primera procesión de Corpus sostenida por la confianza en Dios y animada por el amor.

María misionera salió de Nazaret, simplemente para servir. Servía a Dios y serviría a su pariente necesitada. Había tocado su alma el que vino a servir y no a ser servido, y al instante dejó la Virgen el calor del hogar. Optó por el riesgo del camino de Jesús.

Notable enseñaza la suya. No se entretuvo fuera de la vivienda de Isabel. Nos dice el Evangelio que entró a la casa.

Click para ampliarNo le basta al misionero un saludo al pasar, ni las distracciones de afuera. Ha de entrar apenas se abre la puerta, como Jesús en el corazón de la humanidad. Entró y saludó con un efecto admirable. De inmediato saltó de alegría el precursor en el seno de su madre. La alegría y la acción del Espíritu Santo son dones inseparables del saludo de María, por voluntad de Dios.

Isabel la saluda cordial y humildemente, movida por la fe. Pareciera que la estaba esperando. Todos los seres humanos estamos esperando a Jesús. Fuimos creados para ir a su encuentro y para acoger su presencia y sus dones. Es la certeza que pueden tener los misioneros. Aún quienes los reciben con indiferencia o los rechazan, nacieron para encontrarse con el Señor: con su vida, con su verdad y con su camino.

María misionera comparte con Isabel su maravillosa experiencia. Está feliz, porque el Señor ha mirado la pequeñez de su servidora y hace grandes cosas a favor suyo. Cuando el misionero está lleno de gozo y de paz porque ha encontrado y sigue encontrando a Dios en su propia vida y en la historia, su testimonio asombra y contagia. Así el discípulo capaz de contemplar a Dios le prepara el camino a Jesús.

Describimos nuestra misión como un envío para que nuestros pueblos en él tengan vida, como nos enseña Aparecida.

Participando de la misión de Jesús, nadie como su madre se comprometió con la vida de las personas y de los pueblos. Aquí en su Casa, ella nos invita a partir y a comprometernos resueltamente con la vida.

Nuestra cultura siempre fue favorable a la vida. Las acciones de arrancarla de este mundo, fueron rechazadas. La Virgen María salió presurosa, a apoyar a su pariente estéril para que tuviera la felicidad de traer al hijo tan esperado, a Juan, a este mundo.

Click para ampliarY de prisa partió a Egipto con José, para salvar la vida del Niño, que el poderoso de entonces, el rey Herodes, quería eliminar.

Proclamamos de manera convincente que toda vida humana es sagrada, y requiere para sí un trato digno.

Nuestra opción es la vida para todos, particularmente para los pobres y abandonados. Nuestro no a la cultura de la muerte nace con fuerza de nuestro sí a la vida.

Es sorprendente la identificación de la Virgen con la vida de su pueblo. La contempla desde los ojos de Dios, y se compromete con ella desde la voluntad del Señor. Con los profetas de su pueblo tomó partido a favor de los pequeños y de los hambrientos, y cantó al poder de Dios, que había derribado de su trono a los poderosos y los soberbios.

Los pequeños y los hambrientos buscan la vida y son favorables a ella; los segundos la oprimen, la destruyen, y sufren las consecuencias de no conocer ni la alegría de ser hijos de Dios, ni la felicidad de ser hermanos. Desde sus tronos y desde su orgullo, ni viven ni dejan vivir.

La joven de Nazaret lo sabe, y proclama con alegría la grandeza del Señor.

Como Directores de las Obras Misionales Pontificias reunidos en Asamblea, en estrecha comunión y al servicio de cada una de nuestras diócesis, somos enviados desde Luján, desde esta capital de la fe, cuya mayor alegría es el amor de Dios.

Los invito a entregarnos, a servir y a fortalecernos en y desde la comunión, para que en nuestros pueblos la relación entre sus habitantes sea realmente fraterna: en las plazas y en los lugares de trabajo, en las familias y en las escuelas; sobre todo en las comunidades de la Iglesia, lugares santos de verdadera comunión y de paz.

Click para ampliarLa vida que buscamos para nuestros pueblos está íntimamente unida al anuncio misionero de Jesucristo, a dejarnos encontrar cada vez que venga hasta nosotros. Él, la Vida que estaba en el principio, vino a nosotros para que tuviéramos vida en abundancia.

Y la Inmaculada llegó a ser madre de todos los vivientes, porque dio a luz a Aquel que es nuestra Vida.

Recordemos con gratitud que la Virgen , en nuestra Argentina, le abrió caminos de vida nueva en Cristo, al negro Manuel y en él, a todos los esclavos, marginados, explotados y desechados, a los que no valen, ni figuran en nuestra sociedad de hoy. Invitándonos a nosotros a ser portadores de la Buena Nueva del Salvador que libera y transforma, que anima y empuja a la misión, o sea, a impregnar a todos, hombres y mujeres, del amor gratuito de Dios.

Pidámosle que se acerque desde aquí, la Basílica Nacional de Luján, como madre de Jesús y madre del Pueblo argentino, a todos los que tienen sed de cielo en esta tierra.

Comprometámonos a seguir implorando con ella el amor fuerte y la audacia del Espíritu Santo, para permanecer unidos y compartir nuestra alegría de ser misioneros de Jesús con todos los que tienen sed de vida, sed de fraternidad y sed de Dios.

Que así sea.

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