Las miles de víctimas que ha tenido el ciclón en Myanmar, esperan la ayuda de nuestra oración y de nuestra caridad; esa oración y esa caridad que hace posible seguir adelante para superar la dificultad y la incertidumbre cuando éstas nos golpean tan fuerte y tan hondamente.
La compañía irremplazable de la oración con la que nos podemos acercar al sufrimiento de tantos hermanos nuestros, puede procurar en estos momentos la consolación y la fortaleza que tantas personas están necesitando. Seguramente muchos tendrán las posibilidades y los medios como para dar una mano en recursos materiales sumamente necesarios en estas situaciones de pobreza y desprotección, pero no tenemos que creer que éste es el único modo de dar una mano, porque cuando nos acecha la impotencia y la limitación ante algunas situaciones que no podemos controlar, la oración, el afecto y el recuerdo de quienes lejos o cercanos nos animan, es lo que no puede faltar para seguir adelante sin desesperar.
Todos entonces, nos tenemos que sentir profundamente comprometidos con el sufrimiento por el que pasan tantos hermanos nuestros de Myanmar. Podemos recordar aquí que con verdad y con motivos muy validos no todos podemos ir a ayudar a Myanmar, pero ninguno de nosotros puede decir que no puede amar, es decir rezar con gran afecto de hermanos por cada uno de los habitantes de ese país.
Aquellas palabras de Jesús que todos sean uno para que el mundo crea ahora encuentran la oportunidad de verse expresadas en la solidaridad y el compromiso de cercanía con nuestros hermanos que sufren ésta catástrofe natural.
Buenos Aires, 5 de mayo de 2008