¡Un «Siempre Amigos» más allá de las fronteras!
-Misión Costa Rica-

«Conozco tus obras, y he abierto una puerta ante ti que nadie puede cerrar. (…)Voy a poner en tus manos a algunos (…), para que sepan que te he hecho objeto de mi amor (…). Estoy a punto de llegar» (Apoc. 3, 8-11). Esta cita fue la que guió y animó mi envío misionero Ad Gentes a las tierras de Costa Rica, en este comienzo de 2016. Desde el mes de Enero hasta el 31 de Marzo, estuve brindando mi servicio en la Parroquia San Isidro Labrador, en el Cantón (departamento) de Nandayure, Provincia de Guanacaste, como parte del proceso de Formación para la Misión Ad Gentes del que soy parte desde hace ya tres años.

Diez años atrás, comencé a ser animador en la Obra de la Infancia y Adolescencia Misionera a nivel parroquial, diocesano y, alguna que otra vez, participé a nivel nacional, con el propósito de que los niños y adolescentes sean amigos de Jesús y hagan más amigos para Él. Aún así, jamás imaginé que podría llegar a experimentar en el corazón y en la propia piel que el saludo de la IAM "De los niños y adolescentes del mundo… ¡Siempre Amigos!" es tan real, tan verdadero y tan fuerte que sería capaz de romper cualquier barrera y frontera, para arraigarse en tierras lejanas. Dios me encomendó la misión de formar en ese pequeño lugar de Costa Rica esta Obra, además de trabajar con los jóvenes y participar activamente en la vida parroquial.

San Isidro Labrador es una parroquia inmensa (abarca veinticuatro pueblos, más la sede parroquial, llamada Carmona). Cada comunidad está ubicada en los cerros, en las cimas. Para llegar hasta esas poblaciones, es necesario ascender en un trayecto irregular de una o dos horas. Allí estuve tres hermosos meses, compartiendo y saliendo al encuentro de gente maravillosa, que me hizo sentir «chineado» (mimado, amado, cuidado), como dicen los costarricenses, con la ternura y delicadeza de Dios.

¿Cómo puedo resumir esta experiencia en unas pocas líneas, si cada día fue tan intenso, tan lleno de Jesús, tan enriquecedor?
Creo que puedo sintetizarlo así: Fui feliz. Descubrí que la Misión como estilo de vida conduce indudablemente a la Felicidad (así, con mayúsculas). Admito que fue difícil (el desarraigo, el acostumbrarme, el aprender a sentirme en casa en un lugar completamente extraño, el cansancio, el calor sofocante), pero el desafío valió la pena (como cada «Sí» confiado que le damos a Dios en nuestro caminar). Pude compartir la Alegría de ser cristiano con la comunidad, tan cercana, tan afectuosa, tan llena de fe.

Es imposible no ver a Jesús en los rostros de los niños de la IAM que se animaron a gritar «Siempre Amigos» con un entusiasmo deslumbrante, como si vivieran el carisma de la Obra desde siempre, en sus animadores, que se comprometieron con esta nueva propuesta y en los jóvenes con los que compartí. Vi a Jesús en la alegría del padre Francisco (párroco) y del padre Santiago (vicario). Lo descubrí en el rostro de los ancianos del Hogar al que asistí cada semana, en las familias que visité y en las que me hospedaron por las noches en los cerros; en cada sacramento y en cada momento que me tocó vivir en comunidad… Tengo un montón testimonios, muchos de ellos me han hecho emocionar hasta las lágrimas (aprendí que la misión es, también, llorar con la gente, llorar las historias de la gente).

A algunos los he escrito para que no se me olviden, pero a la mayoría los tengo grabados en el corazón, donde sé que no van a desaparecer.

Doy gracias a Dios por confiar en que podía ser instrumento en sus manos para estas tierras centroamericanas, a pesar de mis miedos, mis límites, mis debilidades. Gracias al equipo de formadores y amigos del proceso de Formación para la misión Ad Gentes, Región Centro (Córdoba). A mi familia y a mis amigos, por aceptar mi «sí», por animarme a dar el paso y a saltar más allá de las fronteras; a mi comunidad parroquial y diocesana y a cada una de las personas de Argentina, a quienes he conocido gracias a la IAM principalmente, que sin lugar a dudas me han sostenido durante estos meses con la oración y el cariño. Sigamos rezando por esta misión y por la Obra de la Infancia y Adolescencia Misionera que comienza a germinar. ¡Gracias! Y, como dicen en Costa Rica… En realidad, como DECIMOS en Costa Rica: ¡PURA VIDA!

Un abrazo misionero: sin barreras ni fronteras

EZEQUIEL ROGANTE Animador de IAM