Laicado y Misión

Una nueva realidad se está dando en la vida misionera de la Iglesia


Pbro. Dante De Sanzzi, Director Nacional de las OMP Argentina


«Los laicos son protagonistas de la Iglesia y del mundo, a los que nosotros estamos llamados a servir, y no de los cuales tenemos que servirnos»
Papa Francisco

En la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias del año 2016, llevada a cabo como siempre en Roma, surgió la inquietud de algunos directores nacionales de Hispanoamérica, de hacer hincapié con más fervor sobre la función de la Pontificia Unión Misional, uno de los cuatro servicios de las Obras Misionales y a la vez, considerada el alma de las demás.

A cien años de su fundación, reconociendo la tarea de un gran misionero como el Beato Paolo Manna, su fundador, surgió como necesidad pastoral incorporar al laicado en este trabajo apostólico de animar y fomentar la misión del clero y los religiosos y religiosas en general.

Esta es la función específica de la PUM: la formación misionera de los sacerdotes, de los miembros de Institutos de Vida Consagrada y Vida apostólica, de los laicos consagrados, de los seminaristas y aspirantes a la vida religiosa, así como de todos los que están implicados en el ministerio pastoral de la Iglesia.

Ante la necesidad de una formación acorde a los tiempos que vivimos, en nuestros ambientes cotidianos donde descubrimos la misión de llevar la Buena Noticia, y el desafío de trabajar juntos como Iglesia, pastores y pueblo fiel de Dios, es que nos adherimos y participamos de un Seminario sobre Laicado y Misión que llevamos adelante comienzos de este año 2017.

Una rica experiencia, organizada por la Secretaría General de la Pontificia Unión Misional a través de su Secretario, el P. Fabrizio Meroni, algunos países de habla hispana nos pusimos al hombro este encuentro y compartimos, con profesionales laicos y sacerdotes la problemática que viven nuestros pueblos y el desafío de la formación permanente para descubrir y llevar adelante la misión ad-gentes.

Distintos fueron los campos trabajados. Obras Misionales Pontificias de Argentina presentó el tema de Globalización, Movilidad Humana y Migración.

Esto fue el inicio de lo que puede ser, si así Dios lo dispone, de futuros cursos de formación para Latinoamérica y España, avalados por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos a llevarse a cabo en el Ciam (Centro de información y animación misionera) avalados por la Universidad Urbaniana en el corazón del Cristianismo: Roma.

Que esta breve reseña sea de utilidad al lector. Compartiendo pensamientos y problemáticas en común de nuestra gente y nuestro pueblos. Sabiendo que casi el 50 % de católicos se esparcen por América Latina, llegó el tiempo de enfocar la mirada en la realidad que «no podemos callar lo que hemos visto y oído» (Hech 4,20).

Globalización y migraciones

Repercusiones sociales

«La Globalización no es buena ni mala, Es un hecho humano. Y será lo que la gente quiere que sea». Esto es parte del discurso pronunciado por el Santo Papa Juan Pablo II en el año 2001 a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales. Es un signo de nuestro tiempo. Debemos descubrir aspectos positivos y evitar los peligros.

Hay algunos puntos salientes que lograron repercutir sobre la sociedad en esta era globalizada y de la cual nos desafía como discípulos misioneros a tener una postura distinta y creciente. En la Encíclica Redemptoris Hominis del año 1979, al comienzo de su pontificado, Juan Pablo II habla de los miedos del hombre contemporáneo. El progreso, ¿es progreso o amenaza?

La primacía de la tecnología sobre la ética moral, del poder sobre la persona y de cualquier elemento que se le dé valor, incluso sobre la vida humana, son esos peligros y realidades a las que hoy nos enfrentamos.

Descubrimos que el poder y la autoridad, en muchas ocasiones, no está al servicio del bien común. Se cree que la ciencia y la tecnología, en este tiempo de globalización y avance tecnológico general, estarán en este ambiente las respuestas a todo interrogante de la vida humana. Lejos de ello, la misión del cristiano es valorar estos avances, pero entendiendo que la verdades fundamentales para una vida mejor serán a raíz de la iluminación revelada por Dios. ( cfr.DA123).

Hablamos de dignidad humana, pero muchas veces desatendemos el valor de la creación, el equilibrio establecido por Dios. Así atentamos contra toda especie y criatura y hasta llegamos a ofender al Creador. Como discípulos misioneros aquí tenemos un sector que utilizar, cuidar y promover el bien común entre las personas y las cosas, dones de Dios.

El Decreto Conciliar Inter Mirifica de Pablo VI, sobre los medios de comunicación social, salido a la luz en la década del `60 habla de un continuo progreso comunicacional. El cristiano afronta un gran desafío, dado que la tecnología avanza a pasos agigantados, rápidamente. Pero este avance debe ser prometedor, ya que tanto adelanto debe servir para derribar muros, levantar barreras y crear nuevos vínculos de comunión. Son las oportunidades que no debemos dejar pasar para hacer un mundo más solidario y contribuir al progreso espiritual de la humanidad. Para la difusión del Reino de Dios, es indispensable, hoy, este avance científico. ( cfr. Im 2).

La cuestión de implicarse de la Iglesia en el mundo de las comunicaciones sociales se convierte en parte de su misión; es la búsqueda de una verdadera inculturación.


Promoción humana integral

Vemos y sentimos a menudo que la cultura actual propone un estilo de vida diferente al que recibimos del Creador. En este sentido, la misión de la Iglesia y sus miembros es buscar por todos los medios dignificar al hombre.

El poder, el placer, las comodidades son el común denominador en nuestros ambientes. Rememorando la lectura del libro del Génesis, en toda la creación, Dios es el que pone al hombre al mando de la misma. Esto es hacer digna la vida humana, respetarla y amarla, ya que en esta etapa de la historia, ante el avance tecnológico y científico, es inmenso el riesgo de perder el horizonte y el criterio para el uso de las cosas.

San Juan Pablo II decía que «Dios mostró de modo insuperable cuanto ama al hombre y la dignidad que le dio». En el Dios vivo se encuentra el sentido y el valor de la dignidad humana (cfr DA 389). Se nos convoca para ser fieles al Evangelio y predicar de manera auténtica la Palabra y el estilo de vida de Jesucristo, el Señor de la Historia.

En la primera carta a los Corintios, el apóstol Pablo nos enseña «que nadie se gloríe en los hombres, porque todo es nuestro; sea Pablo, Apolo o Cefas, el mundo, la vida, el presente y futuro, todo es nuestro; y nosotros de Cristo». (1 Cor. 3, 21-23).

Se trata exactamente de no pertenecer a un hombre, a alguien; es todo lo contrario. Pablo enseña que ellos son servidores. Que están a nuestro servicio, como toda la creación. Ser de Cristo quien por su parte es de Dios Padre.

Perder esta visión es dejar de lado la integridad del hombre. El proceso de crecimiento de las grandes urbes, el aumento de seres vivientes, la crecida urbana y por ende el avance de la tecnología, en muchas ocasiones ha alejado la posibilidad de sentirse dignos hijos de Dios.

Como Iglesia debemos hacer crecer y sensibilizar al Pueblo de Dios sobre las cuestiones que atañen a una vida mejor: la justicia, la solidaridad, el amor mutuo, la fidelidad, la palabra empeñada. Los pastores unidos a los fieles laicos, comprometidos éstos a su vez socialmente con la vida de los pueblos.

Promocionar al hombre y liberarlo de las cadenas que lo tienen sujetos a sistemas inoperantes, es la clave en un proceso evangelizador. Cuando hablamos de promoción integral es promover a todos, sin distinción.

En los asuntos sociales, todo esfuerzo que se haga es válido. Con solidaridad y dejando actuar la gracia que vivifica, se puede humanizar la vida del hombre, muchas veces devaluada y herida.

En el Documento de Aparecida, es de hacernos reflexionar la mirada de la globalización en nuestros pueblos. Se da a ver los nuevos rostros de la pobreza: refugiados, violencia infantil, tráfico de personas y secuestros, violencia de género, personas que viven y están en situación de calle; dar cabida y acompañar a estas personas, que son excluidas de los lugares donde pertenecen (cfr DA 401-402).

Dignidad del hombre es que este proceda, en todas sus actividades, de manera libre, tomando iniciativas propias, incluso ante el riesgo del error. Porque sin libertad, es imposible adquirir las virtudes necesarias para un buen funcionamiento en la sociedad. El hombre se va realizando, va creciendo, a partir de vivir en libertad, utilizando su inteligencia, asumiendo como propias las cosas que hay en el mundo, sabiendo que son puestas por Dios como creador de todo. Es primordial el derecho a tener iniciativas propias y actuar conforme a la voluntad.

Cuando no se respeta la libertad y la iniciativa surgen la sumisión y la pasividad. Se «dispone» y se «decide» por los otros. Esto provoca frustración, fracaso, desilusión y hasta desesperación. Prácticamente se empuja al hombre, creación de Dios, a la nada y a la debacle física y espiritual.

Dignificar el trabajo del hombre y tenerlo en cuenta. Hay que considerarlo para se sienta en verdad que está realizando una tarea por propia iniciativa. Lamentablemente vemos en muchos casos, como se extingue esta conciencia en la persona, ya que termina siendo una cosa, un instrumento movido desde altas esferas solo para producir, y no como lo que en verdad es: un sujeto dotado de inteligencia propia.


Globalización y distribución de las riquezas en el mundo

Contamos con algunos datos que nos acercan a descubrir la parte alarmante que produce la globalización en el mundo actual y que deberíamos tener en cuenta para trabajar y ver, desde nuestros ambientes. Las posibilidades de cambiar ciertos aspectos que como discípulos misioneros tenemos..

  • Más de 1.200 millones de personas no tienen acceso a agua potable.
  • Mil millones carecen de vivienda. La misma cantidad están mal nutridas, de las cuales 300 millones son niños menores de 5 años.
  • Otro dato en salud: 2.000 millones de personas padecen de anemia por falta de hierro.
  • El sistema de salud en muchos países de los distintos continentes, sumado a otros tantos donde no hay una conciencia clara y lógica de la importancia sobre este tema, es altamente pobre. A un servicio básico y menor, no tienen acceso casi 900 millones de personas.
  • Y si hablamos de falta de medicinas, el número de los que no tienen la posibilidad de contar con ellas alcanza a 2.000 millones.

Sin dudas que estamos remarcando los efectos negativos de la globalización que afecta a toda la humanidad. La Iglesia tiene el potencial de enfrentar la pobreza del mundo y cambiar la cultura de la globalización de manera que los gobiernos e instituciones internacionales no pueden. Pero surge la cuestión: ¿de qué modo? ¿ como se logra este cambio? ¿qué métodos utilizar?

No es fácil considerar los retos de la globalización y el desarrollo internacional, entrar en debate acerca del mismo y ver que la fe cristiana tiene, en apariencia, una importancia limitada. Se la deja al márgen y en principio no tendría respuesta.

Por cierto, el mismo Jesús no se hacía demasiadas ilusiones con los reclamos que hacía cuando mostraba que era «el camino, la Verdad y la vida».

Mientras que Cristo «no es de este mundo», la Escritura es clara en que el Reino es importante en cada aspecto de nuestra vida. La Iglesia es testigo de ese Reino y por eso tiene potencial para influir en el mejoramiento del mundo.

La presencia de la Iglesia misionera es vital. Como ejemplo, en los primeros años de la década del '60 en el continente africano los cristianos llegaban aproximadamente a 65 millones. Al principio del tercer milenio ya llegaban a casi 400 millones. Fue y sigue siendo el contacto cercano con el pobre que vive con menos de un dólar por día. Esto demuestra que la Iglesia es la institución que responde a las necesidades básicas de los pueblos. Igualmente, que el árbol no tape el bosque: aún estamos un poco lejos del ideal de vida del hombre común, creación de Dios.

Es más, la Iglesia tiene una estructura en lo administrativo bastante estable a través de las diócesis y parroquias, que contrasta muchas veces con las estructuras de los gobiernos, municipios y movimientos sociales.

Hay un liderazgo respetado. Por ejemplo, la institución Cáritas tiene en este tiempo un alto porcentaje de imagen positiva y solidaria delante de los pueblos y barrios periféricos. Se vislumbra como un entrenamiento, una experiencia viva, un conocimiento de las comunidades. En lo que respecta a escuelas, hospitales, geriátricos, iniciativas de micro emprendimientos, está probada la ayuda a los pobres.

La Iglesia tiene una buena posibilidad de mover a sus miembros, a los laicos, y responsabilizarse y formar líderes para atender las necesidades primordiales.

La globalización no está para detenerse. Se necesita con urgencia que sea legítima no solamente para generar riquezas para unos pocos sino que sirva para que moralmente los países pobres puedan beneficiarse y el medio ambiente sea protegido.

Los cristianos tenemos el testimonio más claro que podemos llegar a realizar maravillas a favor de nuestros pueblos en la medida en que nos dejemos iluminar, animar y conducir por el Señor. Y ese testimonio lo encontramos en María, la Madre de Dios, ya que lleva la salvación en persona. Es la figura paradigmática de que es posible realizar desde pequeñas cosas maravillas a favor de la humanidad, siempre y cuando se acepte la voluntad de Dios.

A la luz de nuestra fe, Jesucristo es el enviado del Padre que a través de un sí humilde de una mujer joven, inició un proceso de recreación en el hombre, que culmina con su muerte y resurrección. La Pascua hace posible una creación nueva, un mundo nuevo, una cultura humana nueva. Pascua, para los que tenemos fe en Jesús Resucitado es una fuente de energía que capacita a pasar de la globalización que paraliza y quebranta la sociedad humana en sus vínculos, a una globalización que facilita la construcción de una sociedad mundializada con criterios y actitudes de solidaridad fraterna en justicia y libertad.

Frente al falso «evangelio» del "libre mercado", los cristianos de buena voluntad debemos optar en serio por Jesucristo, que nos trae en su Evangelio el nuevo proyecto de Dios Padre y nos brinda la energía pascual con la fortaleza del Espíritu Santo que nos capacita a globalizar en solidaridad para compartir en comunidad de personas dejando de lado programas de globalización que engendran solamente monopolios que representan libertad para unos pocos y una gran limitación para una amplia mayoría.

La misión no es solamente anunciar la Historia de la Salvación sino realizar la salvación de la historia. El cristiano que vive su vocación de libertad, justicia, amor solidario, es gran responsable de muertes y tragedias humanas que hoy causa el materialismo dominante.

La era de la globalización hace que vivamos en una sociedad «express». La vida diaria es un torbellino que todo lo envuelve. Hay confusión y pérdidas de valores humanos. Está a la orden del día el «sálvese quien pueda». Un cristiano con fe lúcida y profunda en Jesús Resucitado no abandona la utopía del Reino. Y encara la vida con lucidez y coraje; sin olvidar estas elementales coordenadas:

  • Primacía de la ética sobre la técnica.
  • Primacía de la persona sobre todo poder.
  • Primacía de la vida humana digna sobre cualquier otro valor.

Sobre la movilidad humana

El Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, nos dice que la movilidad humana puede ser una ocasión propicia para el diálogo ecuménico ( nº 56-58).
La movilidad del hombre es una característica en el mundo, más en estos tiempos que nos tocan vivir.
Notamos en el continente americano, sin dejar de imaginarnos que en gran parte del planeta, las marcas y consecuencias que derivan de este ir y venir cada vez más acentuado en las multitudes.

La violencia desatada por las guerras, la acentuada pobreza a causa de malas administraciones económicas, el mal reparto de las riquezas, la falta de trabajo, las crisis de familia, las pocas oportunidades de desarrollo humano y profesional, el algunos casos hasta la falta de libertad que oprime para el crecimiento personal, la poca atención a los jóvenes en general, van dando lugar a buscar otros «paraísos terrenales». Sin dejar de mencionar la lamentable y cada vez mayor «fuga de cerebros», que son los profesionales calificados, estudiosos, que deben abandonar sus lugares de origen para encontrar un espacio donde ir realizando su ideal o al menos dignificar sus vidas.

Esta movilización que vemos en la actualidad se da frecuentemente en los más jóvenes. No se ve que el horizonte en sus vidas sea claro. Palpan con claridad y dolorosamente que nuestra sociedad, en varios aspectos descristianizada, no les ofrece un modelo de vida acorde a sus necesidades, y descubriendo también que se camina contramano a los valores que se les predica.

La corrupción, la opresión, la falta de recursos laborales, una economía empobrecida, la falta de diálogo, van haciendo eco en sus familias. De allí deducimos una triste realidad: es sorprendente ver jóvenes que recurren asiduamente al suicidio. Otros van dejando atrás sus orígenes y cultura comenzando a transitar el largo camino de la migración.

Si bien esta circunstancia es un problema a resolver, no debemos quedarnos solo con el problema. El problema está, «pero puede ser un recurso, un instrumento, una causa para cambiar el rumbo de la humanidad y hacerla un poco mejor» (Benedicto XVI, 2007).

El fenómeno de la migración es una cuestión de actualidad y un reto que se le presenta al hombre de hoy. La Doctrina Social de la Iglesia trata ampliamente sobre este tema y ha evolucionado en cuanto a respuestas concretas. La Encíclica Rerum Novarum de León XIII fue una respuesta a la revolución industrial, sus efectos y las consecuencias para los trabajadores. El Papa mantiene con firmeza la dignidad y los derechos del trabajador, pero también defiende con energía a los emigrantes que intentan ganarse la vida dignamente en el extranjero.

El movimiento de las personas es algo que siempre preocupó a la Doctrina de la Iglesia. La Encíclica Gaudium et Spes la considera un «signo de los tiempos» ( nº 4-6). Los cambios se van dando y no podemos subestimar al hombre porque emigra y cambia su forma de vida. Consideremos algunos principios importantes que manifiesta la Doctrina Social Católica sobre este tema:

  • Las personas tienen derecho a emigrar para sostener sus vidas y las vidas de sus familias. Nos basamos en derechos bíblicos: los bienes de la tierra pertenecen a todos por igual. Son bienes de Dios y son universales. Toda persona tiene derecho a recibir de la tierra lo necesario para vivir. Esto es algo que sabemos desde siempre y lo sufren nuestros pueblos.
    Cuando hablamos de necesidad, nos referimos a lo básico: alimentación, vestido, vivienda digna, educación, atención médica, libertad religiosa, expresión libre de su cultura, etc.
    Hay una realidad y es que la gente vive con miedo. Inseguridad, peligros de toda especie, pobreza, violencia, son signos habituales que deshumanizan y hacen que una persona no pueda lograr una condición de vida estable y entonces surge el derecho a circular, a movilizarse.
  • Un país tiene derecho a regular sus fronteras y a controlar la inmigración. La pobreza, la miseria y las guerras, siguen. Ante esta realidad los países desarrollados sienten una presión extra ante la «invasión» de pueblos que desean instalarse en sus tierras. Aquí se da el principio de lucha, hay como una fuerza de choque de conceptos, pensamientos, culturas.
    Una verdad es que las personas tienen derecho a movilizarse y buscar nuevos y mejores rumbos. Ahora los países que reciben a estas personas piensan que con tanta inmigración corre peligro su economía, su vida social. Tenemos que apreciar y valorar la contribución cultural que pueda hacer un inmigrante. Pero hay que trabajar más para que las personas no deban abandonar su propia tierra.
  • Un país debe regular sus fronteras con justicia y misericordia. Algo elemental. Hemos vivido un año Santo Jubilar de la Misericordia. Pero no concluye la misericordia de la Iglesia. Una nación decide que quiere para su pueblo. Que bien sería que esto lo regulemos entre todos los habitantes de nuestros bendecidos suelos. Pero no podemos excluir a los otros. Aquí hay un compromiso cristiano. Debemos entender que tiene que prevalecer la igualdad absoluta de todos los pueblos con el bien común. No podemos dejar de lado el ver la problemática de las familias que están desunidas, ya que es un derecho que las familias vivan unidas.
    En nuestras ciudades, a nivel estado e Iglesia, el tema migratorio es para analizar y ocuparse, ya que preocupa. Y se sienten los efectos del abandono en los niños, adolescentes, familias y todo ámbito social.

Haciendo algunas investigaciones, comprobamos ciertos efectos:

  • Depresión, llanto, angustia, stress, pánico; es prácticamente nula la conexión familiar que provoca estas sensaciones.
  • Se descubren los daños emocionales en los niños y adolescentes incluso dentro del ámbito eclesial. En nuestra pastoral misionera, la cual es fortalecida con el trabajo y dedicación de la Infancia y Adolescencia misionera, vemos estos inconvenientes.
  • A la vez las actitudes de los más pequeños, son signos de abandono y sufrimiento ante la migración. Rebeldía e hiperactivismo son algunas de las formas de exteriorización de los problemas. Los lugares comunes son la escuela y entre las mismas amistades.
  • En las familias en general, se manifiestan episodios de tristeza y depresiones muy agudas.
  • Se vive en un mundo de contradicciones. Como ejemplo podemos encontrar familias con cierto poder adquisitivo, sin faltas graves de dinero, pero con ausencia de algunos de los progenitores. Y cuando se da el regreso, siempre factible, surge la confrontación entre dinero y amor. Ante esta realidad, se hecha la culpa al abandono.
  • Los más jóvenes viven un mundo imaginario. Están arraigados a sus comunidades de origen, pero está latente la visión del éxito fuera de casa. El pensamiento y la creencia es que «el proyecto de vida se concretará en otro lugar».

Redemptor Hominis

La Carta Encíclica del Papa Juan Pablo II trata sobre el desarrollo de las personas. No es importante «tener» más cosas sino «ser más». Ser más persona, vivir dignificados, avanzar sobre el dominio de las cosas con prudencia y mansedumbre; a la vez de sentirse y ser respetado.

Los medios de comunicación fueron avanzando en las últimas décadas a pasos agigantados. Se muestra al hombre oprimido por los medios y hasta como objeto de manipulación. El hombre no puede renunciar a sí mismo y no puede permitirse ser esclavo de las cosas. Lamentamos ver en muchas casos, cierta parte de la civilización con un perfil meramente materialista. Esto condena a la esclavitud.

La situación del hombre en este tiempo es bastante distante a ser de orden moral. Es una situación de indiferencia en muchas culturas. Sobresale el consumismo que desborda y que es excesivo sobre lo necesario y fundamental ( y esta realidad se ve con frecuencia en sociedades desarrolladas). A la vez, encontramos una gran parte de la humanidad que sufre hambre y pierde la vida por situación de hambruna y enfermedad.

En algunos casos, la libertad se transforma en libertinaje. El alto consumo no es controlado por la moral y así se limita la libertad de los otros, de los que más sufren.

Este es un contraste que lo vemos denunciado en los documentos conciliares, tanto en San Juan XXIII como en el Beato Pablo VI. ( Mater et Magistra nº 418 y Populorum Progressio nº 275 a 299). Contraste que los Pontífices no dudan en comparar con la parábola bíblica del rico epulón y Lázaro ( Lc. 16,19-31). ¿El hombre avanza y crece o es seriamente amenazado?


Que la caridad empiece por casa

En carácter de resúmen, vivimos en nuestro continente, en nuestra cultura, muy fuertemente la realidad migratoria y sus consecuencias.

El hombre está sometido a ciertas tensiones creadas, incluso, por él mismo. Se tira por la borda lo conseguido en recursos materiales, se compromete el ambiente, se extiende y se intensifica las condiciones de miseria, falta de trabajo, un pobre sistema de salud, falta de educación; estas consecuencias conllevan a la angustia y tristeza, frustración y amargura.

Nos encontramos ante una realidad que no nos puede dejar indiferentes: el hombre trata de sacar el máximo provecho de sus cualidades y por otro lado, va sufriendo daños y ofensas que se proporciona a sí mismo. Tanto desorden lo lleva a perder la dignidad o correr al menos ese riesgo.

La tarea solidaria de las naciones o personas con más desarrollo no es un imposible. Hay que buscar instituciones adecuadas y mecanismos válidos para ordenar y sanear la vida de las personas. Hay que buscar una inmediata y justa distribución de los bienes.

Es llamativa y a la vez un llamado de atención el del Papa Juan Pablo II que hace en su Exhortación postsinodal «Ecclesia in América», del año 1999: «el cristiano debe revisar todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común» (nº 27).

Sin dudas es un desafío a la comodidad y al individualismo. El Señor creó todas las cosas para que las usemos, las disfrutemos; y esto todos por igual (cfr.1 Tim 6,17).

Volvemos al principio del tema en cuestión: Se alaban todos los avances concernientes a la ciencia, la tecnología, la salud; pero es lamentable que no todos los hombres tengan acceso fácil a dichos avances. Se vive en nuestras zonas, de forma muy precaria. La inequidad se profundiza. Se lucha por vivir, pero muchas veces de modos poco dignos. Hay una gran brecha, una grieta que se amplía.

En estos tiempos de avances, conocimientos, medios de comunicación y locomoción, desarrollos científicos y médicos, seguimos en retroceso.

El gran desafío es encontrar modos de inclusión social, competividad, inclusión e igualdad.


Laicado y Misión


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