Faltos de futuro
El misterio del sufrimiento, de la angustia, de la inutilidad de la existencia ha sido siempre causa de tormento para cada generación. Esto nos concierne muy de cerca. No es un problema teórico, que hay que analizar para tener una comprensión adecuada. Aquí nos encontramos ante el problema universal del sentido y de la finalidad de la existencia humana, más aún, de posibilidad misma. Hace miles de años, a Buda, en medio a tanta abundancia, riquezas y seguridad económica y social, le atormentaba la pregunta existencial: ¿Por qué la angustia? ¿Por qué el dolor? ¿Existe alguna esperanza para liberarse de esta cadena dolorosa de la existencia, que concierne a todos los seres?
Algunos siglos más tarde, Israel se interroga sobre el significado de la vida. Job, ante la tragedia de la angustia y de la inseguridad del futuro, no encuentra explicaciones satisfactorias en el ámbito del sentido común, de la lógica de este mundo. Al final, se abandona en la Providencia inescrutable de Dios. Israel se plantea el mismo problema. Todo es repetitivo. Lo que fue; eso será; lo que se hizo, ese se hará. Nada nuevo hay bajo el sol (Qo 1,9) . Hay casi una resignación ante los acontecimientos de la historia, así como los griegos, que ponen en guardia a aquellos que intentan rebelarse al curso de los acontecimientos: todo es fruto de un duro determinismo, del “destino-necesidad” que gobierna el todo.
La enfermedad de la falta de sentido y de esperanza, que ha acompañado especialmente al siglo pasado, ha llegado a ser particularmente aguda en el momento presente; y quizás incluso nosotros, sujetos a modelos de pensamiento que han excluido o ignorado la trascendencia de la misma persona humana, nos encontramos con que somos personas sin sentido y sin identidad.
Este fenómeno no concierne solamente el Occidente o los países avanzados, sino que atañe a la humanidad entera, por rezones diferentes y, a veces, opuestas. Ya han pasado los tiempos de los mesianismos, religiosos o políticos: la desnuda realidad, pasada por el tamiz de los análisis científicos y económicos, deja poco espacio a la esperanza, etiquetada como una quimera que, a la manifestación de lo que es verdadero, se disuelve, como la sombra inundada por la luz del sol.
Esta humanidad, y parece verdaderamente extraño firmarlo en el culmen de la potencia tecnológica, se caracteriza por la falta de perspectivas, por la incertidumbre del futuro, por el sentido de impotencia ante la crida realidad personal, social y cósmica.
¿Debemos afirmar que ningún mensaje puede responder hoy a la demanda de esperanza de esta humanidad que llega de todas las partes?
La esperanza, es decir la perspectiva de un futuro, no puede ser un discurso que fluye según el sentido de las categorías humanas. A este drama angustioso pueden responder solamente los mensajes religiosos. Sólo éstos pueden tener una visión omnicomprensiva del hombre y del universo.
El Hombre sin esperanza
La esperanza guía la historia de esta humanidad, que es convicción y espera y camino hacia el porvenir. La esperanza nos proyecta y nos hace proyectar el futuro.
La esperanza es la fuerza dinámica, que nos da las razones de la vida y nos impulsa a proseguir nuestro camino en la historia, incluso cuando ésta es trágica. Sin esperanza, un pueblo muere así dice un canto brasileño. La falta de esperanza es muerte anunciada, porque es síntoma de una enfermedad terminal.
Yo me volví a cuestionar todas las violencias perpetradas bajo el sol (…) En la sede del derecho, allí está la iniquidad; y en el sitial del justo, allí el impío. Vi el llanto de los oprimidos, sin tener quien los consuele; la violencia de sus verdugos, sin tener que nos vengue. Felicité a los muertos que ya perecieron, más que a los vivos que aún viven. Más feliz aún que entrambos es aquel que aún no ha existido, que no ha visto la iniquidad que se comete bajo el sol (Qo 4, 1-3; 3,16)
Vivimos un contexto histórico que, por ciertos aspectos nos llena de una confianza ilimitada en el porvenir. El progreso maravilloso de la tecnología, capaz de transformar cualitativamente las condiciones de vida del hombre, es imparable, y no sabemos todavía qué descubrimientos y resultados nos reserva. El hombre no solamente controla la naturaleza, sino que consigue modificarla de manera sustancial, superando lo que ahora parecen ser límites insuperables.
La certeza en la omnipotencia de la ciencia ha sustituido la esperanza. Pero el hombre de hoy se ha visto defraudado en su razón de vida. Son trágicas y clarificadoras las resignadas palabras de Sartre: Todo ser vivo nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por azar. El aburrimiento, la náusea de la existencia son compañeras del hombre, especialmente del hombre occidental.
Los acontecimientos trágicos y alucinantes de los exterminios de masa, de la shoah y los campos de concentración rusos, de los genocidios actuales, han humillado la humanidad. El hombre se ha sorprendido encerrado en sí mismo, recluido en su frágil y limitada dimensión, sin perspectivas de futuro. Y parece incapaz de dar respuesta al significado de su propia existencia y la del universo.
Prefiere vivir inmerso totalmente en el presente, aferrando lo que el hoy está en grado de ofrecerle, en cuanto a valores y gratificaciones de sus necesidades. Pero no se siente tranquilo; le atormenta una inquietud profunda. Le falta el sentido de la vida. Es un mendicante de sí mismo.
No obstante los maravillosos progresos de la técnica, la humanidad atraviesa una época de desconcierto y cansancio, especialmente después del eclipse o el fracaso de las grandes ideologías del siglo pasado. Se arrastra en el cansancio, en una decadencia marcada por profundas inseguridades a nivel cultural antropológico, ético y espiritual. Habiéndose dado un corte con su mundo cultural y religioso, el hombre se ha encontrado en un vacío, ha perdido su identidad profunda, y se ha convertido en una cifra que ni siquiera quiere ver descodificada. Este hombre se construye una sociedad, su cuidad terrena, con leyes según la propia conveniencia, reivindicaciones o exigencias individualistas, que casi siempre se hacen pasar por derechos humanos. El hombre se convierte en un ser en evolución, sin rostro, sin ninguna base ni meta, arrastrado por las diferentes corrientes, sin saber dónde se encuentra su punto de amarre.
Esta cultura y esta sociedad se presentan confusas, equívocas, contradictorias, indescifrables. Solidaridad e injusticia internacional, anhelo de paz y producción y venta de armas, ayudas a los Países del Tercer Mundo y explotación injusta e indiscriminada de sus riquezas naturales, práctica del aborto y aversión radical hacia cualquier forma de negar la vida, diálogo e intolerancia y guerras culturales y religiosas, conviven en nombre de los mismos principios de libertad, de igualdad.
El hombre ha quedado empobrecido de su realidad fundante; ya no tiene más perspectivas sino la de su limitada realidad; se ha resignado a vivir el presente, más allá del cual no ve o no quiere entrever un futuro.
Por esto, nuestra generación se caracteriza por la angustiosa búsqueda de sentido. Busca respuestas en prácticas esotéricas, se abandona a gnosis orientales, se inventa su propia religión. Pero, como Agustín de Hipona, su corazón está inquieto, hasta que no encuentre el agua viva que saciará su sed y le dará la esperanza en su propio futuro y en el del universo.
Pero, si la falta de esperanza en occidente se encuentra en el aspecto de la dimensión antropológica, la de las Tres Terceras partes del Mundo está relacionada con problemas de supervivencia, ante los que no se perciben soluciones.
Aquí se vislumbra un escenario que es espantoso. África, con todos sus problemas de pobreza, de enfermedades endémicas, de violencias, de guerras y de éxodos, ha sido declarado un Continente Inútil, sin esperanza. Como ha recordado Ecclesia in África, una de las plagas de las naciones del Continente es la de haber perdido la confianza en sí misma. Los pueblos africanos se encuentran postrados, incapaces de dar respuesta a su propia situación, y esperan ayudas o del uno o de los otros. No estamos en los tiempos de la marea de mesianismos que inundaron los corazones de los africanos en los años 60.
No es menos dramática la situación del inmenso continente Asiático, donde viven las tres cuartas partes de la población mundial. Más allá de la emersión de algunos grandes colosos de la economía mundial, son sin fin las masas de los que viven bajo el nivel de pobreza y que no tienen acceso a los bienes de primera necesidad. De la transformación económica y cultural que se está dando en todo el mundo, éstos sufren sus efectos negativos siendo cada vez más pobres y desesperados en el cuerpo y en el espíritu. Incluso sus riquezas antropológicas se encuentran defraudadas.
Todas estas transformaciones y crisis de nuestro mundo están minando en lo más profundo la voluntad misma de vivir. No se ve todavía una luz al final de este túnel de esta época histórica.
Las esperanzas entusiastas, que movilizaron las generaciones hacia el sol del porvenir, ahora se encuentran apagadas. Han sido sustituidas por el fatalismo, la desesperación y la nostalgia.
Hacia nuevos cielos y nueva tierra
Este es el momento de alentar a los desesperados, porque la potencia de la esperanza se manifiesta esencialmente en tiempo de crisis. No podrá haber renacimiento y supervivencia de la humanidad sin el despertar de la esperanza.
Por eso, al Cristianismo y a los discípulos de Cristo se les pide no solamente un compromiso ético para la liberación de los círculos viciosos en los que el hombre se encuentra involucrado. No se pueden resolver estas crisis con la ayuda de una moralidad más alta.
Hoy, la fe cristiana debe significar y volver a afirmar la valentía del ser, el amor a la vida y la fidelidad a la tierra, de manera que el hombre adquiera el poder de resistir a las fuerzas de la muerte, a las catástrofes y a los pueblos que las provocan. Se debe vencer el sentimiento paralizador de impotencia con la fuerza de la esperanza, para que la humanidad continúe a esperar y a construir su futuro.
Fin de la misión cristiana es orientar y conducir la humanidad hacia el futuro, hacia su propio destino.
El profeta Juan interpreta el momento histórico, lo que ha de suceder pronto, la misión de la Iglesia (las siete Iglesias) y el fundamento de la esperanza de la salvación para la comunidad cristiana y de toda la humanidad; es Cristo, el Primero y el Último, el que Vive, el que estaba muerto, pero ahora vive para siempre y tiene poder sobre la muerte y el Hades; es Aquel que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso (cf. Ap 1). Él, el resucitado, guiará a la humanidad hacia cielos nuevos y tierra nueva, donde ya no habrá ni muerte ni lágrimas, donde Dios será todo en todos, en un Reino de paz y de justicia. Dios indica siempre un punto de llegada a situaciones nuevas de liberación y de paz, hasta aquella, al final, definitiva de su Reino.
Jesucristo, su Evangelio, es la energía de Dios, en el cual se fundamente nuestra esperanza.
La misión concretiza y genera la esperanza
Dios es la razón de la esperanza de la humanidad. Nosotros cristianos, sabemos que la situación dramática de la humanidad, que recorre los tiempos y los espacios de las generaciones humanas, ha sido siempre iluminada por la promesa de salvación de parte de Dios.
Es el momento trágico de la primera apostasía, cuando Dios se sitúa como Quien dirigirá toda la historia de la humanidad hacia un cumplimiento positivo final: Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje; él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar (Gen 3,15). Dios mismo, Aquél que por amor ha creado el hombre y todo lo que se mueve en el universo, se hace garante de la vida de la humanidad, llevándola como en sus propios brazos. En los momentos de oscuridad desesperados, Él se presenta como la mamá, que no abandona a su hijo, como quien es capaz, infundiendo su Espíritu, de hacer revivir los huesos muertos. Huesos secos, escuchad la palabra de Yahwéh. (…) He aquí que yo voy a hacer entrar el espíritu en vosotros, y viviréis. (…) Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos andan diciendo; Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros. (…) Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis (Ez 37, 4-11).
Esta esperanza se hace realidad en Cristo, en quien Dios asume la suerte de la humanidad, insiriéndose corporalmente en ella para conducirla a su perfecto cumplimiento. Pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos (Col 1, 19-20) .
Efectivamente, Cristo hace presente el Reino que Dios ha prometido ( El Reino de dios está en medio de vosotros) y le corresponde la misión de conducir la humanidad hacia su cumplimiento final, que es el estadio en que: “Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado (Ap. 21,3). Desde este momento en adelante, esta es ya la dirección y la finalidad de toda la historia humana.
Venido para dar la vida, Cristo ha luchado contra todas las fuerzas que son causa de violencia, de sufrimiento, de muerte. Ha realizado esta misión que es la suya no con aquella lógica que gobierna todas las ideologías humanas, sino en la potencia de Dios, de quien él mismo es imagen sustancial. Sabemos que la predicación de Cristo, si se hubiera quedado en la declaración de una nueva visión de vida, no sería nada más que otro sistema ideológico, o sapiencial, que se suma a las gnosis orientales o a las religiones cósmicas, que han tenido la capacidad de educar a los pueblos, pero que dejan sin respuestas las preguntas fundamentales de la vida del hombre y del destino de la humanidad y del universo.
El Hinduismo, el Budismo, Confucianismo y Taoísmo, mensajes religiosos sapienciales, le aprisionan a uno en el ámbito de la resignación a las fuerzas de la naturaleza, animando a superar todo el drama inevitable de la vida humana y de las convulsiones del Universo, con la esperanza de una fusión final o de una vuelta a un principio Supremo.
No, el mismo Cristo, en su misma vida, ha mostrado casi en filigrana y como prototipo, la llamada y el destino cierto final del cumplimiento de la humanidad y de la historia de la humanidad.