Jesucristo y el dolor humano

rostro de cristoLa Misión de Cristo, esperanza para los que sufren

El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y a devolver la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19).

Pascua de salvación

La misión salvadora de Cristo está orientada a la salvación de todos los hombres y de todo el hombre. Desde su encarnación hasta su ascensión gloriosa al Padre, su vida es una acción de glorificación plena a Dios y de redención humana. Su actividad misionera estuvo orientada al cumplimiento de estos objetivos, los cuales enmarcan sus luchas, sus esfuerzos, sus cansancios, su predicación, sus milagros, sus curaciones, la elección de los apóstoles, su pasión, su muerte, su resurrección, su ascensión al cielo.

El rescate del hombre, signo de la llegada del Reino

Con la solicitud por los enfermos, afligidos y perseguidos Él anuncia la llegada del Reino de Dios: Vayan y digan a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia (Mt. 11,5).

Los que sufren son los predilectos del Reino. Cristo ama con preferencia a los enfermos, esa es la característica de su ministerio mesiánico. Su amor se manifestó especialmente a los débiles, a los necesitados de apoyo, a los desconsolados y desesperados. Los rasgos de la compasión de Dios manifestada en Cristo, los resalta especialmente, el Evangelio de San Lucas: Pasó haciendo el bien y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba a los enfermos, consolaba a los afligidos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto del cuerpo como del alma (SD 16)

Compartió en todo nuestra condición humana

El Hijo de Dios asume la condición humana en todas sus dimensiones y con todas sus consecuencias y riesgos: pobreza y limitaciones desde su nacimiento, esfuerzos como obrero artesano de la madera, sin morada fija no tiene donde reclinar su cabeza, víctima de muchos sufrimientos: desprecios, calumnias, incomprensiones, burlas, malos tratos, insultos, angustias, torturas y la muerte en la cruz con humillación y desprecio.

Sus dolores y sufrimientos nos curaron

Él es el Siervo doliente que asume el dolor de los enfermos: fue traspasado a causa de nuestra rebeldía, fue atormentado a causa de nuestras maldades. El castigo que sufrió nos trajo la paz, por sus heridas alcanzamos la salud ( Is.53, 3).

Cristo, como varón de dolores, ilumina el dolor y le abre nuevas perspectivas. Su sufrimiento es un sufrimiento por nuestra salvación, por nuestra salud: Vengan a mí todos los que están agobiados y fatigados que yo los aliviaré (Mt.11, 28). Su entrega por nosotros va más allá de lo imaginable pues da la vida por los que ama.

Murió para nuestra salud

Su muerte es resultado de su fidelidad amorosa a la voluntad del Padre Dios y a la salvación de sus hermanos, los hombres. Su vida se caracteriza por la fidelidad y entrega a la misión que el Padre le confía: mi comida es hacer la voluntad de mi Padre. En Él ha puesto su confianza y a Él ha entregado su causa: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu; por eso no teme todas las consecuencias, incluidos el dolor y la muerte. Entendemos así el valor de su entrega en sacrificio: Aquí estoy para hacer tu voluntad, por nuestra causa fue crucificado. Con su total entrega, en obediencia suprema a su Padre, nos convierte también a nosotros en culto de suave olor, en hostias vivas agradables a su Padre. En esa acción toda nuestra condición humana y nuestra actividad se han convertido en posibilidades de alabanza, de glorificación, de intercesión, en perfecta comunión con el mismo sacrificio de Jesucristo, el único y verdadero Sacerdote. Lo que agradó plenamente al Padre fue su obediencia, su amor incondicional, su entrega total, su sacrificio de fidelidad. Importa a Jesús, primordialmente, que se transparente en sus palabras y acciones, en sus gestos y en su servicio, la cara bondadosa de su Padre amado que busca el rescate de la dignidad de sus hijos, hacerles patente su amor infinito, solidarizarse con ellos, renovarlos, hacerlos criaturas nuevas por la acción de su Espíritu (Véase en este sentido la parábola del Buen Samaritano, (Lc. 10,29-37).

Amor que vence el dolor y la muerte

En esa perspectiva de amor, Jesús enfrenta la muerte, aunque la tema cuando es inminente: no huye de ella porque sería traicionar y contradecir la voluntad de su Padre Dios. La muerte de Jesús confirma el gran amor de Dios por los que tenemos que pasar por el sufrimiento. Jesús, en su estrecha e íntima comunión con su Padre está consciente y seguro de su amor: Mi Padre me ama y por tal motivo es capaz de amar a todos como los ama Dios, con un corazón universal que no excluye ni siquiera a sus enemigos, pues no le teme a nada ni a nadie, ya que su confianza está centrada en el Dios de la vida.
Jesús se entrega por todos en actitud de servicio y amor radicales, asume los sufrimientos de la historia humana, pues compartió en todo nuestra condición. Al asumirlos los transfigura y los diviniza; es el combate decisivo contra todos los males que oprimen al hombre. En lo profundo de esa lucha actúa con su presencia y su fuerza el amor de Dios, poder indispensable para vencer el dolor, la violencia, la humillación. El hombre por sí mismo hubiera sido incapaz de lograr ese cambio y si ahora lo consigue se debe al poder del amor de Jesucristo: todo lo podemos en aquel que nos conforta.

Solidaridad inquebrantable

Jesús es la respuesta a quien sufre y a quien muere, precisamente porque es el Inocente y el Santo, quien con la atrocidad de su muerte nos atestigua hasta el máximo la solidaridad del amor de Dios: nadie tiene un amor tan grande, que aquel que da la vida por los que ama; Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero 'la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rom. 5, 7-8).

En Cristo podemos comprender que solamente la locura del amor es capaz de transformar el sufrimiento y el dolor en una ofrenda amorosa que lleva salvación, paz y bien a nuestros seres queridos y al mundo entero. En su muerte Dios se nos manifiesta como verdadero Padre que nos crea de nuevo, que nos da una nueva condición, la de hijos amados en el Hijo único. Ese Padre creador, que en Jesucristo se mostró compasivo con nosotros, con nuestros sufrimientos y problemas, se nos une estrechamente en nuestras situaciones extremas y dolorosas: Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.

Jesús, Uno en la comunión con su Padre amoroso, vive su muerte a la luz de esa estrecha relación. Su Padre es vida, es Dios de vivos, con su poder resucita a los muertos, expulsa a los demonios y como Creador llama a la existencia a los que no existen (Rm. 4, 17). La muerte y el dolor nos hunden a los seres humanos en la nada y en ella, sólo Dios Creador y Padre amoroso, por su Hijo, lo hace todo por nosotros:Yo soy, no teman (Mc. 6,50).

Para pensar

enfermo atendidoLa compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (Mt. 4, 24) son un signo maravilloso de que Dios ha visitado a su pueblo (Lc. 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también para perdonar los pecados (Mc. 2,5-12): vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan (Mc. 2,17). Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: estuve enfermo y me visitaron (Mt. 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en el cuerpo y en el alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren (Cat. 1503).

Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se dejó tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades (Mt. 8,17)...Por su pasión y su muerte en la cruz dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces, éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora (1505).

A menudo Jesús pide a los enfermos que crean (Mc. 5, 34.36; 9,23). Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos (Mc. 7,32-36; 8,22-25), barro y ablución (Cf. Jn. 9,6). Los enfermos tratan de tocarlo (Mc.l, 41; 3,10; 6,56) pues salía de Él una fuerza que los curaba a todos (Lc.6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa tocándonos para sanarnos (1504).

Volver a principal | Subir |