Un llamado de amor
Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados que yo los aliviaré (Mt. 11.28).
Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti, decía San Agustín. Si Jesucristo viene a traemos la salvación, quiere de nosotros correspondencia a sus gracias y respuesta a su llamado. La fe es indispensable para la salvación, es un regalo de Dios mediante el Espíritu Santo, pero también es un acto humano consciente, libre, acorde con nuestra propia dignidad (Cfr. Catecismo 178 y ss).
Respuesta desde la limitación humana
La acción liberadora y sanadora' de Dios se concreta en Jesucristo y únicamente a Él deben dirigirse los clamores y las súplicas de quienes sufren y necesitan ser curados. El contacto personal, de fe, con el Hijo de Dios es la causa de nuestra salvación. Con solo tocar su manto, quedaré curada (Mt.9, 21), decía una mujer, según narra el Evangelio. Y un leproso le dice: si quieres, puedes limpiarme (Mt. 8,2).
Si buscamos con sinceridad, tal vez con desespero, las respuestas a nuestras inquietudes íntimas, solamente Cristo es la respuesta a nuestra condición humana limitada, enferma o necesitada. El que está enfermo tiene en su dolencia una ocasión para madurar su fe, para ponerla a prueba, para acrisolarla, pues tales situaciones permiten descubrir la acción de Dios que está presente en nuestra historia, en nuestras amarguras y luchas, que está con nosotros y en nosotros: Yo estoy con ustedes (Mt. 28,20).
Que te suceda de acuerdo con tu fe
Desde nuestra fe, el dolor es la oportunidad de sentir la solidaridad de Cristo que nos ama. En nuestras situaciones estrechas y limitadas que reflejan la pobreza de nuestra condición humana no podemos menos que decirle que lo necesitamos: sólo tú tienes palabras de vida eterna. Los ciegos corrían detrás de Jesús y le gritaban: Hijo de David, ten piedad de nosotros (Mt. 9, 27). Una mujer cananea le presenta a gritos su necesidad: Señor, Hijo de David, piedad de mí (Mt. 15,22). Las multitudes acuden a Él, con fe y confianza y le llevan paralíticos, lisiados, ciegos, mudos, y muchos otros enfermos y los ponen a sus pies para ser curados (Mt.15, 30). . ' Tanto los mismos enfermos, como sus parientes, o la misma comunidad, todos, suplican fervientes la sanación para sí o para aquellos a quienes aman.
En la escuela de la cruz de Cristo
La obra de Cristo se prolonga, por acción del Espíritu Santo, en sus miembros los bautizados. Desde las limitaciones, los dolores, las enfermedades, los cristianos viven su propia pascua. Sumergidos en su muerte, resucitamos con Él a una vida nueva. . Todos los cristianos en todas las situaciones, pero especialmente cuando sufren, se hacen sacramento vivo de Jesucristo: llevamos siempre en nuestros cuerpos el morir de Jesús a fin de que también la vida de Cristo' se manifieste en nuestro cuerpo (2 Cor 4,10).
Cooperación en la obra redentora
Como Jesús, el enfermo está llamado a vencer y a trascender el dolor, enfrentándolo con fe, asumiéndolo con alegría y convirtiéndolo en sacrificio por su propia redención y por la salvación del mundo entero
Los enfermos, los que tienen grandes limitaciones, los que están reducidos e inmóviles en el lecho del dolor pueden ser activos colaboradores de Jesucristo: completó en mi carne lo que falta a la redención. Es menester que a la cruz del calvario acudan todos los creyentes que sufren en Cristo para que el ofrecimiento de sus dolencias acelere el cumplimiento de la plegaria del Salvador por la unidad del mundo y la salvación de todos, dice el Santo Padre.
Es más, el ejemplo y testimonio de los enfermos cristianos, puede iluminar a los hombres de buena voluntad para que se acerquen a la cruz del Redentor, el cual ha asumido sobre sí los sufrimientos físicos y morales de todos los' hombres de todos los tiempos, para que en su amor entregado y crucificado puedan encontrar el sentido a su existencia, la motivación para la ofrenda de su dolor y la respuesta a sus inquietudes y preguntas.