Que la Misión exija disponibilidad es algo que tuve claro desde el comienzo. Nos lo decía el formador desde que entramos al seminario. Un par de años más tarde aparecería así en nuestras Constituciones: “Disponibles a todas las actividades del Instituto en cualquier parte del mundo, aceptamos trabajar donde la necesidad lo requiere, según la destinación que nos viene dada por los Superiores” (19) “Nos ponemos totalmente disponibles a Dios, a la Iglesia y a los hermanos, para ir a anunciar el Evangelio a cualquier parte del mundo y testimoniar con la vida la infinita potencia del Espíritu (cf. Hch 2, 4)” (20).
Los años se encargaron de traducirla en cosas prácticas y siempre inesperadas. Así fue como se hablaba de estudiar teología en Londres, pero la guerra del año 1982 desaconsejó hacerlo. Todo indicaba Brasil, pero el gobierno no nos daría la visa y fuimos destinados a Colombia.
Al final de la teología, en 1986, presenté como propuesta de primera destinación: Etiopía, Mozambique, Sudáfrica y disponible también a trabajar en Asia... y fui destinado a la Animación Misionera Vocacional en Argentina.
Sudáfrica llegó unos años más tarde en 1994. Desde comienzos del año 2000 tuve que repartirme entre la pastoral y el ser superior de nuestro grupo de misioneros. Al final de esos años, cuando pensé poder dedicarme a tiempo lleno a la pastoral... fui destinado a una oficina en Roma.
Todo impredecible pero siempre en el marco de la disponibilidad. Pero uno nunca termina de sorprenderse...
Una disponibilidad inesperada...
Pasando por Buenos Aires hace unos meses bromeaba diciendo que Dios llamó a Moisés desde la zarza ardiente, a José en sueños y a mí... por teléfono.
Fue hace un año. El que llamó fue el Nuncio Apostólico en Sudáfrica. “Te llamo para darte una lindísima noticia... el Papa te nombró Obispo del Vicariato de Ingwavuma” (el inglés no distingue entre el te llamo y el lo llamo así que conociendo ahora al Nuncio pienso que fue “muy familiar”).
No era ya cambiar de país o pasar de una comunidad de los Misioneros de la Consolata a otra. Era un nuevo llamado, una nueva vocación, una disponibilidad radical. Como le dije al Nuncio, no tenía absolutamente ninguna dificultad en dejar Roma para volver a la Misión. Poder volver a Sudáfrica era un regalo de Dios. Ser obispo... me asustaba tremendamente.
Él mismo lo sintetizó con una frase al final de la llamada: “se que te cambié la vida en diez minutos”. No podía haber sido más gráfico.
Un desconocido en un lugar desconocido
Si bien había trabajado 10 años en la provincia del KwaZulu - Natal, nunca había estado en este Vicariato. Siempre trabajé en la diócesis vecina. Ni conocía ni me conocían. Me preguntaba cómo me recibirían... El segundo Sínodo africano acaba de terminar. Leyendo el mensaje final veía el punto que dice a los sacerdotes... “Vuestro ejemplo de vida juntos y en paz, superando las barreras tribales y raciales, puede ser un imponente testimonio para los demás. Ello lo demuestra, por ejemplo, cuando acogéis con alegría a cualquier persona que la Santa Sede nombra como obispo vuestro, sin hacer distinciones por el lugar de nacimiento”. Mi nombramiento fue el mejor ejemplo. Todos, sacerdotes, religiosas y laicos, me recibieron con gran alegría. Fue muy claro en la preparación y celebración de mi ordenación. Hacía tres años que el Vicariato no tenía obispo. La gente todavía hoy me repite: “estábamos como ovejas sin pastor”...
A mí no deja de impactarme que ese pastor sea yo. Es parte del misterio de Dios entender cómo pudo haber pensado en mí como pastor de este pueblo. Es una de las preguntas que uno lleva en el corazón. La gente no se lo pregunta, acoge y celebra con inmensa alegría.
La primera decisión fue hacerme presente en cada una de las comunidades. Llevará tiempo. El Vicariato (250 km de norte a sur y 80 de este a oeste) tiene cinco centros y cada uno de ellos tiene 15 o 20 pequeñas comunidades. Cada domingo visito dos o tres comunidades. Normalmente llego sin avisar y celebro con ellos la Eucaristía. Si bien muchos vinieron a la ordenación, son muchísimos los que nunca me vieron debido a las distancias.
Visitando Ingwavuma un domingo me pidieron que después de la misa nos sentáramos a charlar un rato. Fue ahí que una señora, en nombre de la comunidad me dijo: “te deseamos una cosa... así como tu predecesor llegó joven y envejeció aquí... ojalá vos también puedas envejecer entre nosotros”. Fue uno de los regalos más lindos y la más clara expresión de bienvenida.
Caminando y soñando
En el Vicariato de Ingwavuma hablamos zulu. Limitando con dos fronteras (Swazilandia y Mozambique) no todos son sudafricanos o zulúes, pero es ese el idioma que nos reúne.
Las fronteras hablan de inmigración. Sudáfrica es siempre vista como el paraíso africano. Geográficamente es hermosa. De hecho se dice que “Dios es sudafricano y vive en Zululand” (que es esta zona). Pero es un país de fuertes contrastes donde “no es oro todo lo que reluce”. Nos preparamos a recibir cientos de miles de turistas para el Mundial del próximo año y tendremos estadios que serán la envidia de muchos pero al mismo tiempo esta zona tiene un 40% de la población con Sida y no hay suficientes recursos para ofrecer la medicina antiretroviral a todos (y a veces la medicina básica). En las escuelas están iniciando comedores escolares porque los chicos se duermen por que no hay comida en las casas. Hlabisa, donde está la catedral y uno de los hospitales, sufre constamente la falta de agua. Las fronteras y el mundial de fútbol nos han empujado a abrir los ojos a otra realidad: chicos y jóvenes que van desapareciendo. Se teme que sea parte del tráfico de personas.
Si los desafíos son tantos, también lo son los que ofrecen sus vidas como respuesta concreta. Hoy el Vicariato ofrece la medicina antiretroviral a más de 1300 personas y muchos otros enfermos son visitados en sus casas gracias a todos los que recuerdan que “estuve enfermo y viniste a visitarme”. La Hna Lidia, OP (de Oberá, Misiones con quien providencialmente nos encontramos aquí) se encarga que a miles de huérfanos no les falte comida ni educación y el señor Mkhaliphi coordina pequeños proyectos (generalmente financiados desde el extranjero) de huertas, pollos y cabras para que las familias tengan qué comer cada día.
El Vicariato sueña también con ser Diócesis... Todas las comunidades son fruto del trabajo incansable de los Siervos de María que llegaron en 1948. Gracias a ellos, hoy son ya 6 los sacerdotes diocesanos y dos más serán ordenados el año que viene. Cuatro jóvenes iniciaron su formación este año y otros dos se unirán a ellos en enero. Un nuevo centro (en Hluhluwe) debería nacer el año que viene y estamos preparando un fuerte proceso de formación de líderes para que cada comunidad tenga los ministros que necesita.
Cada paso es importante y por cada cosa agradecemos a Dios que se manifiesta siempre presente.
Ese Dios que se manifiesta IZwi elaba yinyama (Palabra hecha carne) como dice Juan y el ‘moto’ (lema) que elegí para que me guíe en mi ministerio episcopal.
Mons. José Luis Ponce de León, IMC- Obispo argentino misionero en el Vicariato Apostólico de Ingwavuma, en Sudáfrica