Al detenerme a meditar sobre el compromiso misionero en las comunidades parroquiales se me vino a la mente distintas experiencias vividas en la parroquia que quisiera compartir con ustedes.
En una de esas visitas a los distintos grupos que semanalmente se reúnen para prepararse a la primera comunión, me encontré con un niño que, en un tono preocupado e interesado en expresar su opinión me dijo lo siguiente: padre, usted dijo en la misa que a nosotros los católicos nos falta mas compromiso misionero. Yo creo que eso no es tan así como usted dijo, porque una vez a la semana vengo a la catequesis y la seño siempre me habla de Jesús. Eso ¿no es compromiso misionero? Perdóneme padre, pero eso yo lo veo todos los miércoles cuando vengo a la iglesia. Al escuchar esto, me di cuenta que en realidad hay más compromiso misionero en nuestras parroquias de lo que pensamos y vemos. Este niño con su sencillez y sinceridad me mostró que en nuestras comunidades parroquiales existe de parte de muchos de sus miembros un compromiso cotidiano y eficaz en el anuncio de la buena noticia de Jesús vivo y resucitado.
En otra oportunidad me encontré con uno de los jóvenes que ayudan en la limpieza de la parroquia, y me dijo lo siguiente: Padre, hoy vendré a limpiar la parroquia y me acompañaran dos jóvenes con los que me encontré el otro día en el colegio y les dije que necesitaba ayuda en la parroquia. Les conté que es una buena manera de ayudar para que la gente que venga a misa encuentre nuestra casa limpia y le den ganas de rezar delante de Jesús en el sagrario. También le dije que dejar todo bien limpio hace que la gente rece mejor en la misa del domingo. ¿Le parece que hice bien en decirle estas cosas? Al escuchar esto mi corazón de pastor se lleno de alegría y con mucho entusiasmo le dije que me parecía que su vocación misionera de la que tantas veces habíamos hablado, se estaba haciendo realidad en el pequeño pero importante servicio que realizaba en la iglesia. Al terminar de decirle estas cosas me permití expresarle mi parecer con respecto al compromiso misionero que veía realizado en él, ya que no solo estaba interesado en que las cosas se hagan bien, sino que tuvo la idea de llamar a otros para que también ellos, sean protagonistas en esta aventura de preparar el camino para que en este caso puntual, las personas al ingresar a la parroquia encuentren un lugar agradable, digno, delicado y sobre todo acogedor para encontrarse con Jesús en la Eucaristía.
No siempre hace falta hacer cosas extraordinarias para vivir la vocación y el compromiso misionero. Solo basta hacer bien lo que tenemos que hacer (lo decía Don Bosco, patrono de nuestra diócesis), sabiendo que eso afecta a los demás y es ocasión para que otros se encuentren con el Señor Jesús. Hoy mas que nunca es necesario redescubrir que tenemos que ayudar a nuestra gente para que crezcan en la oración, la vida sacramental, la meditación, el silencio de la adoración, la vida sacramental, el trato de corazón a corazón con nuestro señor, el ejercicio de las virtudes que nos hacen mas semejantes a El. Esta tarea es mucho más productiva que cualquier otra actividad, y en todo caso, es la condición para su eficacia.
Me parece que no hace falta inventar nuevos programas pastorales para que los cristianos asuman su compromiso misionero, ya que el programa cristiano, centrado en Cristo mismo, consiste siempre en conocerle, amarle, imitarle, vivir en él la vida trinitaria y transformar con el la historia hasta su consumación. Y cuando nuestros pequeños esfuerzos se centran en que otros se encuentren con Cristo, y puedan conocerlo, amarlo e imitarlo estamos viviendo nuestra vocación misionera que lo hemos recibido como don desde nuestro bautismo.
Si bien hay que dar gracias a Dios por el compromiso misionero que asumen nuestra gente uno tiene que reconocer también que hay algunas cosas que tendríamos que ir mejorando para que el Evangelio llegue a todos. Por ejemplo se puede constatar que hay un número cada vez mayor de fieles católicos que no se acercan a nuestras celebraciones eucarísticas. En muchos de los cristianos católicos hay un desconocimiento de los misterios que celebramos cada domingo. Pero hay que reconocer también que la misión de recibir cordialmente y como una gran familia a los que el Señor atrae por ejemplo en los grupos de catequesis, en las charlas prebautismales, en las secretarias parroquiales, en Caritas o en las misas de los domingos no siempre es vivida y tenida en cuenta como misión que tiene que vivirse cotidianamente, expresando el amor que hemos recibido del Señor Jesús. La falta de formación en muchos de nuestros laicos es todavía hoy un desafío muy grande que tenemos que ir trabajando y superando para que lo que aprenden del Señor y su Iglesia puedan trasmitirlo y vivirlo con intensidad.
En la parroquia donde trabajo desde hace más de dos años y medio, hemos tratado de ir incorporando en las distintas actividades que venimos realizando la verdad sobre el amor, expresada en términos positivos y rigurosos, como nos enseña nuestros obispos en Argentina. Amor que se convierte en prevención, sobre todo teniendo presente la gran cantidad de jóvenes con problemas de adicciones que existen en nuestra provincia. Este aspecto del compromiso misionero que consiste en acercarnos o también recibir a los que se acercan a nuestra parroquia con esta problemática es un desafío que venimos caminando cotidianamente. El mostrar a un Dios que se hace samaritano y misericordioso frente a estas realidades es un desafío que estamos tratando de vivir en nuestra comunidad de la Sagrada Familia. Cada acción pastoral se convierte en prevención y nuestro compromiso misionero se ve fortalecido cuando salimos de nosotros mismos, cuando vemos y tocamos el dolor que viven nuestras familias que padecen el flagelo de la droga y el alcohol.