Octubre: Mes de las Misiones

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¡Qué bueno es ser misionero!

Pbro. Daniel Petelín, de la Diócesis de Concordia nos cuenta su experiencia misionera
en Benín (África) durante 6 años

Daniel Petelín¿Por que me fui lejos si aquí también necesitamos? ¡Efectivamente! ¡Aquí necesitamos! Pero también es cierto que tenemos muchas posibilidades.

Aquí tenemos agua, luz, teléfono, radio, televisión, médicos, vehículos, rutas puentes, colectivos. Allá, nada de esto y por si fuera poco con temperaturas muy altas, donde a la noche hace 40° sobre cero, sin ventilador, ni aire acondicionado, ni agua corriente, ni luz eléctrica.

Todos duermen afuera -yo también- al aire libre, con mosquitos, escorpiones, serpientes, hormigas.

¿Que necesitan allá? Necesitan testigos del Evangelio laicos o consagrados que irradien con su vida lo que anuncian con sus palabras.

Yo sabía que si Dios me quiso ahí debía jugarme entero en la evangelización, en la promoción humana y en el desarrollo social.

¿Que hice al comienzo? Traté de insertarme en su mundo, en su cultura, en su lengua, en sus comidas, y aprendí a celebrar la misa en baribá, a comer con la mano. Me resultaba rica la polenta, que era la comida de casi todos los días, y también las ratas al estofado los días de fiesta. Aprendí las riquezas de sus costumbres y lo bueno y lo malo de sus creencias . Aprendí a vivir en medio de musulmanes y animistas.

¿Que me impresionó? La alegría de la gente en medio de su pobreza y de sus dificultades y como aceptan la realidad y las situaciones que les toca vivir, con mucha más serenidad que nosotros en medio de todo.

Daniel Petelín¿Cómo fue el trabajo evangelizador? Me dediqué a acompañar a las comunidades cristianas que hacían poco tiempo habían comenzado, en donde había muchos simpatizantes cristianos pero pocos bautizados, ya que es una tierra de primera evangelización. Además busqué apoyar a los catequistas, dándoles formación y nombrando nuevos catequistas en las comunidades que decidían hacerse cristianas.

Cuando llegué, en 14 pueblos había algunos cristianos. Con el paso del tiempo 6 nuevos pueblos decidieron adherirse a la fe cristiana. Las comunidades crecían y tuvimos que hacer nuevas capillas, más grandes que las existentes, hasta de 20 metros de largo. Estas eran de adobe, con tirantes que cortábamos con moto sierra directamente de los árboles en la selva, y techábamos con chapas de zinc.

¿Mi tarea tuvo que ver solamente con la animación pastoral? Para evangelizar hay que atender toda la persona, toda su realidad, muchas veces su dolorosa realidad. Me partía el corazón ver morir tantos niños, en ocasiones hasta 60 niños en un mes en un pueblo de 1000 personas. Algo tenía que hacer. Yo era consciente que no fui para cambiar la realidad pero si para mejorarla. No había centros de salud, médicos, remedios. Entonces organizamos farmacias en varios pueblos, que funcionaban como pequeñas salas de salud.
Pero vimos que la mayor causa de muerte era ocasionada por el agua que quedaba estancada en los charcos durante ocho meses de sequía, llena de parásitos y que era la única que tenían para beber. Entonces, comenzamos a realizar pozos de agua, de 20 o 25 metros de profundidad -tipo aljibe-, cavados con pala y pico -¡a mano!-, hasta llegar al agua clara, limpia, fresca y sana. ¡Que bendición tener agua!

¡Que fiesta poder inaugurar un pozo de agua! A esta tarea dediqué mucho tiempo y fueron abundantes los pozos que juntos pudimos hacer.

Pero no solo necesitaban agua o remedios. También necesitaban leer y escribir y por eso organizamos con ellos escuelas en lengua oficial, es decir en francés y también alfabetización en lengua autóctona, ya que la mayoría solo habla la lengua de la etnia. Además muchas veces guiamos la reparación del camino de 15 km. de acceso al pueblo, que se hacia con carretillas y palas, con más de 100 jóvenes voluntarios.

¡Que bueno es ser misionero!

¡Soy feliz de ser sacerdote y muy feliz por haber comprendido que el sacerdote diocesano es un misionero!!!

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