El puesto de honor de la Caridad

Si atendemos al pedido de Jesús en Jn 13,35 tendríamos que preguntarnos muy lealmente si como Iglesia somos reconocidos como la comunidad de «los que se aman».

En el mes de las misiones y de modo especial en el Domingo Mundial de las Misiones, la Caridad tiene el puesto de honor. El octubre misionero debería hacernos sentir «hambre y sed» de la Iglesia de la Caridad si queremos que el mundo (y nosotros en él) se renueve profundamente.

No puede ser otro el distintivo de cada cristiano, a menos que quisiéramos deformar la imagen propuesta y tan amada por el Maestro. La Iglesia esta llamada a ser reconocida en el mundo, por la caridad de sus hijos. A la pregunta ¿cuál es la señal del cristiano? tendríamos que poder responder a viva voz: ¡LA CARIDAD!

Algunas veces las «alabanzas» que se nos hace como Iglesia son por «otros capítulos»: su tarea educadora a lo largo de los tiempos, la lucidez y profundidad de algunos de sus estudiosos…etc., sin duda que la Iglesia ha tenido y tiene acuñada en su historia talentos y hombres eminentes que le han dado gran realce, pero los caminos de su descripción tienen que ir por otro lado.

¿Por qué por otro lado? Porque ella debe ser ante todo, «casa y escuela de comunión» donde se puedan sentir como en «su casa» el más pobre, débil y frágil de nuestro mundo de hoy. La Iglesia y cada uno de los bautizados estamos llamados a ser «lugar de la caridad». Podríamos decir -recordando al apóstol Pablo- que lo único de lo que podemos envanecernos como Iglesia, es la locura de la cruz y el único «vestido» que nos tendría que hacer resplandecer, nuestro más intimo tesoro, aquel por el cual vale la pena dar la vida, tendría que ser el profundo y verdadero amor a los más pobres de este mundo.

La caridad es un predicado esencial y la medula de nuestro ser como Iglesia. Hasta tal punto la caridad es nuestra carta de identidad como cristianos, como discípulos misioneros de Jesús, que sin ella somos en nuestro nivel más hondo una contradicción como lo es pensar en una circunferencia rectangular.

Volvemos a decir que el amor es el distintivo de cada bautizado y esto de forma triple. Para nuestro mundo de hoy la caridad es el signo más elocuente para «decir» que somos cristianos. Es la manera más acertada con la que podemos corroborar si nuestro corazón está con Jesús y se parece al suyo.

Y finalmente tenemos que recordar que al final de nuestros días se nos preguntará solamente si hemos amado. Ciertamente que no hablamos de cualquier tipo de amor. Hablamos del amor revelado en Jesús, ya que ser cristianos es revelar el amor de Dios no solo con nuestras palabras sino y sobre todo con nuestras actitudes.

Solo esto se nos exige como cristianos, vivir el amor en la cotidianidad de la vida, un amor simple como el de Jesús. Un amor que se hace palabra rotunda y persuasiva a la vez porque es simplemente amor. Hagamos un resumen de ésta manera: Dios es amor revelado en Cristo.

Cristo es amor revelado en la Iglesia. La Iglesia existe para ser amor revelado en sus hijos. Las consecuencias de la misión tienen que ver con el «mismo amor» de Jesús y que todos tienen que poder encontrar en nosotros cuando les anunciamos Evangelio. Sin duda que el anuncio de la Buena Nueva está en estrechísima relación con la vida digna a la que cada uno de nosotros tiene derecho: el pan, el techo, la vestimenta….etc., ya que los más pobres tienen que ser nada menos que evangelizados. Concluyamos entonces diciendo, que una sociedad humana sin caridad es la antitesis del Evangelio; no existe en ella el Evangelio. Éste necesariamente supone una fraternidad que se concretiza, un amor que se hace realidad, ya que la caridad de la que nos habla el Evangelio es caridad encarnada. Lo dice el Concilio Vaticano II: «La misión de la Iglesia es religiosa y por lo mismo, plenamente humana».

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