Pauline Jaricot, nació en 1799 en Lyon (Francia). El 3 de mayo de 1822 funda en su ciudad, la Pontificia Obra para la Propagación de la Fe. Nace como Asociación en 1819 y más tarde llega a ser Obra Pontificia por sus grandes méritos en su ayuda en favor del trabajo de evangelización de la Iglesia en todo el mundo. Ya anteriormente Pauline se había interesado por la vida de privaciones y de necesidades espirituales de las jóvenes trabajadoras de su ciudad. Movida por el Espíritu de Dios, abandonó una pudiente vida de lujo y de frivolidad, y comenzó a visitar a los pobres, vistiendo como ellos y buscando medios nuevos para ofrecerles una limosna sin que se sintieran humillados, porque, decía que son ellos los que nos hacen el honor de aceptar nuestro dinero.
Pauline vivió y actuó en tiempos tristes para Francia, que acababa de salir de la Revolución jacobina, y con ideas y movimientos anticatólicos. Para contrarrestar esta ruina espiritual y honorar a Dios contra las persistentes blasfemias e improperios despectivos contra Dios y contra la Iglesia , comenzó un movimiento de jóvenes obreras que debían reparar los insultos al Sagrado Corazón de Jesús olvidado y despreciado. Estas jóvenes llamadas Reparadoras, rezaban al Sagrado Corazón de Jesús y hacían horas de adoración ante el Santísimo Sacramento en expiación de los pecados de sus compatriotas.
En su entusiasmo juvenil que la impulsaba a consagrarse, desde la vida laical, al servicio del Reino de Dios, Pauline aceptó la invitación de su hermano Philéas, más tarde sacerdote misionero, de ayudar a las Misiones de América del Norte, primero, y después también las de Asia, confiadas a los cuidados de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París: nace así la Asociación para la Propagación de la Fe. Paulina se dirigió a sus Reparadoras y a sus compañeras de trabajo invitándoles a dar un céntimo a la semana a favor de las Misiones. Calculando 10 obreras y que cada una de ellas podía invitar, a su vez, a otras 10 amigas a hacer la misma oferta, se llegaba a la colecta de 100 céntimos a la semana. Estas personas, convertidas en socias de la Asociación , se empeñaban, cada una, a encontrar otras diez personas que ofrecieran semanalmente la misma suma. La Asociación pudo así extenderse velozmente, con millares de personas como miembros, y con una colecta que aumentaba proporcionalmente. En los primeros meses de 1820, cuando Pauline se encontraba al frente de la Asociación , las trabajadoras de Lyón alcanzaron la suma de 1.800 francos a la semana: ¡una suma enorme, considerando que su salario mensual era de pocos francos! Lo que es interesante señalar, es el entusiasmo y la prontitud al sacrificio de las jóvenes trabajadoras, que unían al duro trabajo el compromiso de reparación de las ofensas hechas a Dios y la ayuda a las necesidades de los más pobres en Tierras de Misión. Pero todavía es más importante subrayar que la actividad de penoso trabajo en una fábrica del siglo XIX, con más de 15 horas de trabajo al día, no quitaba a estas jóvenes el deseo de la oración, y no les suprimía la voluntad de hacer el bien a personas más pobres que ellas mismas.
La facilidad y la velocidad con la que la Asociación se extendió entre los católicos franceses maduraron en Pauline la convicción de que se necesitaba alguna cosa parecida, pero todavía más útil y enérgica, para despertar y expandir la fe en Francia y en el mundo. Así, pensó en otra cadena de corazones comprometidos para aportar ayudas espirituales a toda la Iglesia, y tuvo la brillante idea de constituir un Rosario Viviente, siguiendo un método parecido al de la Asociación para la Propagación de la Fe. Su deseo declarado era el de llevar la oración del Rosario, reservada entonces y sobre todo a las instituciones religiosas, a una práctica general. Lo importante, y lo más difícil, era hacer que la multitud aceptase el Rosario, recordaba en una carta posterior. En otra carta al Maestro General de los Dominicos, Pauline declaraba: Me pareció que había llegado la hora de realizar el proyecto - perseguido desde hacía tiempo- de una Asociación accesible a todos, que permitiera alcanzar la unión de la oración con un modo único, breve y práctico, sin cansar a nadie y que pudiera facilitar, al menos durante algunos minutos, la meditación cotidiana de los misterios de la vida y de la muerte de Jesús.
Para alcanzar este fin, Pauline lanzó su nueva iniciativa con la creación de grupos, no ya de 10, sino de 15 personas, (una sección de 15 miembros dirigidos por una celadora), que correspondían a los 15 Misterios del Santo Rosario, y así, la sección recitaba cada día el Rosario entero. Estos grupos no sólo recitaban diariamente los 15 Misterios del Rosario, sino que se comprometían también a meditarlos y a orar por una persona que tuviera una particular necesidad de conversión: Pauline creía en la fuerza del Rosario para la conversión de quienes se habían alejado de Dios. Una particularidad del Rosario Viviente era que cada asociado se comprometía a entregar cada año una suma de cinco francos para comprar y difundir buenos libros. En una década, la práctica del Rosario Viviente se había propagado también a otros continentes, y en Francia, en 1834, contaba con cerca de un millón de asociados. Paulina declaraba en una carta del 1 de mayo de 1840: En breve estaremos en unión de oraciones con todos los pueblos del universo. Ella misma constataba con alegría que la mayor parte de los miembros de la Asociación para la Propagación de la Fe eran también miembros del Rosario Viviente. Justamente, el Secretario del Comité Central de la Asociación , Dominique Maynis, en una carta a Pauline, escribe: Lo que usted bien quiso añadir sobre este apoyo que el 'Rosario Viviente' prestaría a la Propagación de la Fe indicaba suficientemente que la fundación de ésta no había estado del todo ajena al establecimiento de aquélla… cosa que no hemos podido olvidar. Un Breve Pontificio del Papa Gregorio XVI dio aprobación oficial al movimiento del "Rosario Viviente", que había alcanzado ya los dos millones de miembros, y que Pauline animará y guiará durante 15 años.
La recitación del Rosario y las ofertas de tantos fieles a la Obra de la Propagación de la Fe era la contribución de personas pobres y sencillas, que ha constituido la más grande fuerza de oración y de anuncio para la Misión en todos los continentes. La providencial gran expansión de la Iglesia entre los pueblos no cristianos en los últimos dos siglos apenas pasados, tiene algo de milagroso, y es la prueba evidente de la fuerza de la oración y de la cooperación económica en la evangelización. De hecho, existen dos medios de fundamental importancia en la misión de llevar a todos la Buena Nueva: la oración y la solidaridad con nuestros hermanos, sobre todo con aquellos más pobres.
Secretaria de la Pontificia Obra de la Propagación de la Fe