No fue hecha por ningún famoso predicador, sino por un coro de ángeles: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc. 2,14)
“Gloria a Dios” es una brevísima pero poderosa plegaria de adoración. “Paz en la tierra” es la expresión de la misión del Señor hacia este mundo cargado de tanta violencia, odio y desconfianza.
Cada Navidad nos invita a dar gloria a Dios con nuestro servicio a los demás, como constructores de paz, de una sociedad diferente, de hermanos.
El canto de los ángeles anunciaba el nacimiento de un niño nacido en un establo de Belén, pobre entre los pobres. ¿Por qué entonces tanta alegría?
Porque este Niño es el Hijo de Dios. El anunciado por los profetas que se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de una Virgen, María.
“Y la Palabra se hizo carne” (Juan 1,14) en una pobre gruta de Belén. Para cambiar la historia y nuestra vida, “No teman porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2, 10-11), les dijo el ángel a los pastores que estaban cerca de la gruta.
El nacimiento de este Niño, quiere iluminar las noches de violencia, de extrema pobreza, de desá-nimo... que viven tantos de nuestros hermanos en diferentes partes del mundo. También viene a recordarnos con una gran fuerza e insistencia, lo valioso que es el don de la vida, la de cada niño, la de cada ser humano.
Me vienen a la memoria unas palabras del Papa Benedicto XVI al respecto:
«La Navidad es el encuentro con un recién nacido que llora en una cueva miserable. Contemplándolo en el pesebre, ¿cómo no pensar en tantos niños que también hoy, en muchas regiones del mundo, nacen en una gran pobreza? ¿Cómo no pensar en los recién nacidos que no son acogidos sino rechazados, en los que no logran sobrevivir por falta de cuidados y atenciones? ¿Cómo no pensar también en las fami-lias que quisieran tener la alegría de un hijo y no ven cumplida esta esperanza? Por desgracia, por el impulso de un consumismo hedonista, la Navidad corre el riesgo de perder su significado espiritual para reducirse a una mera ocasión comercial de compras e intercambio de regalos».
Que la materna presencia de María y José junto al pesebre nos ayude a volver a “recomenzar desde Cristo” (DA 12) fortaleciendo nuestro amor a Él y a nuestros hermanos. “El discípulo misionero -nos dice Aparecida, 147- ha de ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores”.
“Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”