Misioneros como Pablo y Francisco Javier para ser buenos pastores

Pbro. Dante De Sanzzi (*)

Misioneros como Pablo y Francisco Javier para ser buenos pastoresSan Pablo y San Francisco Javier tradujeron fielmente en su vida, las actitudes de Jesucristo y pudieron en verdad repetir las palabras de Juan: “Lo que hemos visto, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de la Vida, lo anunciamos para que vuestro gozo sea completo” (1 Jn 1, 1-4). Este es el lenguaje de los verdaderos testigos. ¡Anunciamos lo que hemos experimentado!. Ojala escuchemos también la llamada del Señor, una llamada que a la vez es exigencia de nuestra fe. Asumamos sin miedo y con entusiasmo, esta gran responsabilidad de transmitir a nuestros hermanos, en todo su esplendor y con toda su fuerza, el mismo amor que nosotros recibimos de Dios.

Es fantásticala similitud que existe entre estos dos grandes Apóstoles y Testigos de Cristo.

El joven Saulo, alejado de la verdad, es deslumbrado por Dios en el camino a Damasco. Un relámpago lo envuelve arrojándolo por tierra: “Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues?”. “Señor, implora Saulo quedándose ciego, ¿Qué quieres que haga? El Señor lo conduce a Ananías, a quien dice que lo ha escogido para llevar su nombre a todas las gentes. Y al poner Ananías sus manos sobre el, se le cayeron a Saulo, como unas escamas sobre los ojos, y recobró la vista.

La generosa, enérgica y pronta decisión de Pablo es semejante a la de Francisco Javier. Este joven inquieto e intrépido, vivía en un mundo de ilusiones puramente humanas: éxitos, gloria, fama.

El Señor lo envolvió con otro resplandor y también lo derribó de las seguridades en las que estaba montado: “Javier, ¿de que te sirve ganar todo el mundo, si pierdes tu alma?”. El corazón de Francisco Javier quedó rendido al Señor.

San Ignacio fue el Ananías que lo instruyó y le hizo caer de los ojos las escamas de la vanidad que antes ocultaban su visión espiritual y no le permitían ver.

¡Ay de mi si no evangelizo!

Para el Apóstol, la vida sólo tiene sentido si se gasta por Cristo. Evangelizar es una urgencia que nace de haberse enamorado del Señor. Cuan-do no se desea otro porvenir que el de evangelizar, no se encuentran obstáculos insuperables. El secreto del éxito para el enamorado de Cristo, es el de no buscarse ni predicarse a si mismo. El Apóstol vive a sueldo del único Señor, por eso no busca mas premio que el mismo Cristo.

San Pablo y San Francisco Javier

Apóstol San PabloYa están los dos preparados para su actuación apostólica. En ambos existe el mismo corazón ardiente, la misma intrepidez que crece en las dificultades. Para ambos hay un solo ideal de ser vivido: el Reino de Dios.

El amor de Cristo y éste crucificado será para Pablo y para Francisco Javier la razón última de todas sus actividades apostólicas y de sus padecimientos continuos. El amor de Cristo ha identificado los corazones de Pablo y Francisco Javier infundiéndoles esa ternura comunicativa que a-rrastraba a los demás.

Francisco Javier, al igual que Pablo, fueron testigos de Jesucristo porque llenaron su vida y la dejaron iluminar con la presencia de Dios. Fueron testigos porque sin concederse tregua, miraron de tal forma a Jesucristo que llegaron a hacer de El su propia vida.

Estos dos grandes apóstoles, descubrieron la fuerza del amor de Dios y se sintieron fuertemente llamados a comunicarlo, como exigencia de la fe.

Dios transformó el corazón de San Francisco Javier y de San Pablo e hizo en ellos la maravilla de una vida generosa, entregada, gastada enteramente en vivir y anunciar el Reino de Dios.

Solo porque el amor de Dios ardía en sus corazones, como una gran llama, pudieron gastar la vida en los hermano, en un servicio desinteresado.

El amor de Jesucristo en ellos, se convirtió en fuerza para amar, para entregarse.

Sus corazones tuvieron una sola dirección: Cristo y su Reino, y eso les llevo a amar, con todas sus fuerzas y más allá de sus fuerzas.
Lo mismo San Pablo que San Francisco Javier -cada uno a su modo- se resistieron a Dios, defendieron sus proyectos personales frente a la llamada del Señor. Pero cuando se entregaron, lo hicieron con una decisión y una radicalidad admirables. El golpe de gracia les vino por el encuentro con Dios. Fue como un relámpago que ilumino sus vidas, les hizo ver la pequeñez de sus aspiraciones y la grandeza del amor, el seguimiento y el servicio de Cristo. A partir de esa conversión, cambiaron radicalmente su vida y adoptaron un modo de vivir y actuar enteramente nuevo, con otros valores, otros objetivos, otras ocupaciones y otras formas.

Desde ahora nada de tibiezas ni conformismos.

Pablo de Tarso se topa con el amor de Cristo y queda fascinado. Entra en un gran silencio, busca y aprende. Es bautizado y se lanza a una gran empresa: la de hacer posible que otros muchos hermanos gocen del conocimiento y de la intimidad de Dios.

San Francisco Javier Patrono de las MisionesFrancisco Javier se encuentra con un loco de Cristo: Ignacio de Loyola, que consigue hacer que el joven estudiante se una a los “locos” de Dios. Francisco descubre el poder de la Palabra de Dios, hace silencio en su interior, aprende, se entrega y se lanza. Y miles de hermanos encuentran por el, la luz y el amor. Porque tanto Francisco Javier como Pablo, sentían bullir una pasión en sus espíritus, no podían sino gritar la Buena Noticia. Era mas fuerte que ellos, mas fuerte que sus pasiones, que sus ilusiones, aquel fuego que los transformó en hombres que solo se reconocían a si mismos evangelizando.

Para estos dos gigantes de la evangelización, el ser servidores de Jesucristo es el único título que vale la pena. Ellos tradujeron en su vida su amor incondicional a Cristo en una dedicación para hacerle conocer y amar. Esa era su vocación, como respuesta a una misión que tomaba sus vidas totalmente. Ellos entendieron que vale la pena gastar la propia existencia para anunciar el Evangelio de Jesús. Ya no hay paréntesis ni compás de espera. Los días se estrenan con una ilusión evangelizadora. Cada momento de su vida se hace acción evangelizadora: el trabajo, el descanso, la convivencia. Ya solo son para Cristo. Lo importante para ellos es servir día a día, según sus posibilidades. Ellos sirven a los hermanos convertidos en Iglesia, en comunidad, en familia, y se olvidan de si mismos. Se convierten en servidores incansables de Cristo. En sus corazones cabían todos. Ellos sabían bien que el corazón del Apóstol pertenece a todos sin exclusivismos ni privilegios. El Evangelio quiere servidores libres y convencidos. No quiere gente acomodada, sino enamorada de Cristo, solo así se entiende que evangelizar no es forzar, sino respetar y preparar la hora de Dios. Sabían muy bien que cualquier momento y circunstancia es bueno para dar la vida, para entregarse.

¿Y nosotros, qué?

San Pablo y San Francisco Javier siguen siendo hoy una realidad posible para los innumerables apóstoles y misioneros, casi siempre anónimos, que gastan su vida para extender el Reino de Dios. Pocas veces aparecen en publicidad y frecuentemente se cruzan en nuestro camino sin que nos demos cuenta. Siempre trabajan enamorados de Cristo y de su Iglesia.

Las apariencias siguen siendo las mismas: la figura del apóstol y del misionero son como la nuestra. A veces se le nota cansado o enfermo, pero viviendo siempre en la fe, y apoyado en Cristo, reestrena todos los días el “si” del encuentro con Cristo

Nosotros también podemos ser el San Pablo y San Francisco de hoy, trabajando por el Reino sin rebajas de ningún tipo. Nuestras manos vacías las toma Jesucristo entre las suyas y las convierte en manos de sembrador. Solo nos exige que confiemos.

Ojalá cada uno de nosotros haga de cada día, con el corazón alegre y el compromiso personal, una vida mejor, de tener mas en cuenta a Dios en lo que hacemos cada día, con el deseo sincero de ser verdaderos discípulos y misioneros de Jesucristo, viviendo y anunciando el Evangelio en los ambientes reales y verdaderos de nuestra vida, siempre con ilusión, sin miedos, con la seguridad de tener algo im-portante entre las manos, con el mismo valor, el mismo coraje y la misma fuerza que movió a estos dos hombres de Dios.

Ojala no olvidemos nunca que a fin de cuentas pensamos, vivimos y hablamos según el peso del Amor en nuestra vida.

(*) Secretario Nacional de la Pontificia Unión Misional - Argentina

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