El anuncio del kerigma implica el misterio de la persona de Jesús y su propuesta-ofrecimiento del Reino de Dios. Es el núcleo de nuestra fe. A partir de aquí se jerarquiza todo el “contenido” de la fe. Por eso este primer anuncio es primero en el tiempo y en la importancia.
Repetía mi viejo profesor de filosofía: “Ideas claras y distintas”. Tratemos entonces de empezar por hacernos una idea.
El primer anuncio de la Palabra de Dios se dirige a los no creyentes y a los que, de hecho, viven en la indiferencia respecto a la fe. Se trata de anunciar el kerigma y llamar a la conversión. Sin olvidarnos que en el evangelio, lo escuchamos de boca del mismo Jesús, la conversión es, antes que nada, creer. Es ésta la tarea específica de la misión ad gentes, el arquetipo de la tarea evangelizadora de la Iglesia. Al anunciar a Jesús, invitamos a vivir una experiencia que dará orientación decisiva a la vida (Documento de Aparecida 12).
Luego la catequesis promueve y hace madurar esta conversión inicial, educando en la fe al convertido e incorporándolo a la comunidad cristiana. A esto le llamamos Iniciación Cristiana. Esto implica poner “no solo en contacto, sino en comunión, en intimidad con Jesucristo” (CT 5, Directorio Catequístico General 80)
Para lo cual, ya nos damos cuenta, estamos reconociendo la necesidad de un proceso, sin el cual es impensable la comunión, la intimidad con el Señor. Proceso de iniciación que cuando la fe ha madurado, culmina con la celebración de los sacramentos de la iniciación. La catequesis prestará este servicio atendiendo a las seis tareas con las que despliega su acompañamiento: propiciar el conocimiento de Jesús y del designio salvador que nos trae del Padre, educar en la liturgia, formar moralmente, enseñar a orar, iniciar en la misión de la Iglesia, iniciar en la vida comunitaria (Directorio Catequístico General 85.86).
Estas seis tareas, como reconoce el mismo Directorio Catequístico General (DGC) son todas necesarias, realizando cada una, a su modo, la finalidad propia de la catequesis, se implican mutuamente y se desarrollan conjuntamente. Estas dos acciones: misión y catequesis, son esenciales en la misión evangelizadora y se reclaman mutuamente: ir y acoger, anunciar y educar, llamar e incorporar.
Hasta aquí las ideas que intentan ser claras y distintas… Ahora, la vida, que es un tejido no tan fácil de diseccionar, una urdimbre palpitante, siempre en camino y en permanente desafío. En cuanto a su concepción la catequesis reclama la adhesión a Jesús; en la práctica catequística, con demasiada facilidad, lo hemos dado por supuesto, lo cual nos ha asegurado un fracaso casi permanente, y con frecuencia rotundo. Baste recordar la queja reiterada de catequistas y sacerdotes respecto a quienes reciben sacramentos y desaparecen.
Por eso, una primera etapa del proceso catequizador está destinada a afianzar la conversión. Lo que se llama precatecumenado, precatequesis o catequesis kerigmática. Sin conversión no hay ningún lugar posible para la catequesis. Debemos reaccionar de ciertas nostalgias. Hay toda una catequesis que se daba en el seno de la familia o del ambiente, de la misma sociedad, que hoy no existe. Se ha terminado aquello que podíamos llamar el “catecumenado social”, eso era propio de la sociedad de la cristiandad. Se terminó, y es muy saludable que lo asumamos sin añoranzas que nos quiten audacia y pasión evangelizadoras, sin lamentos que nos hagan mirar hacia atrás y confundirnos el horizonte.
Hoy la catequesis y la misión no pueden desentenderse mutuamente, ya no. Es necesario tener muy en cuenta esta frecuente falta de siembra previa. Claro que sin olvidar que las semillas del Verbo están en toda cultura y realidad. Nunca el misionero (y menos aún el catequista) es el primero en llegar y sembrar. Absolutamente siempre es el Señor quien primero llega a toda vida, a toda realidad, a toda situación.
Nunca partimos de cero. La misión sin la catequesis sería un proceso iniciado y abortado, frustrante, decepcionante. La catequesis sin misión: como lamentablemente lo vemos a diario es un espejismo de vida cristiana, una falaz ilusión de vida donde sólo hay desierto y aridez. Asistimos entre nosotros a la celebraciones de sacramentos en la vida de personas donde, frecuentemente, no hay adhesión a Jesucristo, donde no se ha hecho un camino de maduración de la fe. Claro está que ni el Señor, ni los hermanos, ni nosotros como agentes pastorales nos merecemos esto.
Finalmente no habría que perder de vista que esta acción conjunta de misión y catequesis, no es meramente organizativa, no es una simple coordinación, como si sólo fueran realidades sucesivas e independientes. Misión y catequesis tienen lazos profundos, tienen raíces muy hondas, raíces de unidad y sentido que se hunden en la misma eclesiología.
Hay que sumergirse en el misterio de una Iglesia materna, donde todos somos responsables del anuncio y de la tarea de iniciar en la vida cristiana. Porque misión y catequesis son expresiones del ser más hondo de la Iglesia, que es su maternidad