El Evangelio es una fuerza recreadora con la que Dios hace nueva todas las cosas. Hace nuevos a los que reciben el evangelio por primera vez, a los que se abren al amor de Dios y hace nuevos principalmente a los que llevan su mensaje. Honestamente hablando, los misioneros son los primeros a ser transformados por la misión.
Mongolia es conocida como la tierra del cielo azul. Me hace recordar Mendoza, donde nací, conocida también como la tierra del sol. Aunque tan distantes la una de la otra, más de 12.000 Km., Argentina y Mongolia tienen varias cosas en común: grandes extensiones territoriales, gran variedad de paisajes, la ganadería como una de las bases de la economía y la hospitalidad como el valor cultural predominante para la gente del campo. Al mismo tiempo tienen varias diferencias, comenzando por el idioma.
El mongol, una de las lenguas más antiguas del Asia, es también una de las lenguas más difíciles del mundo. El invierno en Mongolia dura más de la mitad del año, con temperaturas que oscilan entre los veinte y cincuenta grados bajo cero. Aproximadamente el cuarenta por ciento de la población es nómade y viven todavía en la tradicional tienda yurta, conocida también como gher. Mongolia tiene la capital más fría del mundo, Ulaanbaatar.
A veces, mirando este cielo azul pienso en el largo camino que Dios me ha hecho transitar para llegar hasta aquí. Camino no medido solo en kilómetros, sino también en búsquedas, encuentros, etapas de vida, sueños, desaciertos y recomienzos. Me acuerdo de mi primer “llamado” y de mi primer “sueño” que me llevaron a partir para seguir a Dios. Participaba del grupo misionero parroquial y veía como a veces la vida de la gente cambiaba si se encontraban con Dios. Y pensaba: no tengo poder para cambiar las cosas, ni riquezas para compartir, pero si pudiera ayudar a alguien a encontrar a Dios a lo mejor… y fue así que decidí ser misionera.
Muchos años después me encuentro aquí, en Mongolia, precisamente en Arvaiheer, capital de la provincia de Uvurhangai, en la primera misión de los misioneros y misioneras de la Consolata en Mongolia y primera misión católica en esta región. En este lugar donde todavía no hay ningún bautizado, pero donde mañana, en la fiesta de Pentecostés, serán bautizados los primeros seis.
Me parece un milagro y es ciertamente un privilegio poder ser testigo de la Iglesia que nace. Me parece encontrarme a veces junto a Pedro y Pablo y compartir sus mismas inquietudes, preocupaciones e interrogantes. ¿Habrán sentido también ellos, lo mismo que nosotros? Sin dudas sentimos la misma alegría, ellos al ver a los no judíos recibir el Espíritu Santo y nosotros al ver a los mongoles abrirse a la fe.
Y mientras veo cómo la fe y el amor a Cristo nace en los corazones de los mongoles me doy cuenta cómo me esta cambiando la misión. El Evangelio es una fuerza recreadora con la que Dios hace nueva todas las cosas. Hace nuevos a los que reciben el evangelio por primera vez, a los que se abren al amor de Dios y hace nuevos principalmente a los que llevan su mensaje.
Honestamente hablando, los misioneros son los primeros en ser transformados por la misión. Ellos son los primeros que sienten la necesidad de conversión, los primeros en darse cuenta qué lejanos estamos de Cristo, cuánto nos falta para entender el amor de Dios, que necesidad tenemos de fe y amor. Me doy cuenta que mi gran misión, mi verdadera tierra “Ad gentes” donde Dios me ha mandado no es Mongolia sino yo misma, y que en el fondo la única persona de la cual soy responsable de evangelizar y convertir soy yo.
Me doy cuenta que si creo que Dios puede cambiar la vida de alguien debo dejarlo que cambie mi vida. Reconozco que de todas las personas que en mi vida he conocido, la que más necesita a Dios soy yo. Este es el gran don que he recibido en Mongolia, darme cuenta que sin Dios mi vida no es nada.
¿Y el anuncio? Cuando veo la gente abrirse a Dios me digo: algo habrán visto, algo les ha tocado sus corazones, algo poderoso que va más allá de las palabras. Un poco abran sido nuestras vidas, nuestro deseo sincero de amar, el buscar el bien del ellos. Pero tanto, tanto ha sido el Amor de Dios que entregó totalmente por ellos en la cruz para que todo el que cree en Él tenga la vida en abundancia. Sí, la misión me esta cambiando tanto.
Miro al horizonte, donde el cielo azul y la tierra de sol se unen, soy feliz. Mañana serán bautizados los primeros católicos de la iglesia de Dios en Arvaiheer. Mañana se inicia un nuevo camino en la historia de este pueblo, en la vida de esta iglesia que nace. Quién sabe donde los llevará el Espíritu, lo único que sabemos es que desde mañana sus vidas serán escritas junto a un Dios que hace nueva todas las cosas.