El misionero y su encuentro con la Palabra

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernandez
Rector de la Universidad Católica Argentina

El misionero que se apasiona en la predicación de la Palabra está dispuesto a dedicarle tiempo. Porque el primer signo concreto de que verdaderamente respetamos la Palabra de Dios y queremos aprender algo de ella es tomar la decisión de dedicarle un buen tiempo, ofrecer un momento solamente para esa Palabra.

Revista Iglesia Misionera HoyUn misionero es un discípulo deseoso de compartir el tesoro de su fe. Por eso, cuando se acerca a la Palabra de Dios lo hace con corazón de discípulo misionero. Cada vez que se detiene ante la Palabra no espera encontrar una enseñanza meramente intelectual, o un conjunto de verdades, o una información que satisfaga la propia curiosidad. Dios no nos ha hablado para eso. Él más bien quiere decirnos algo para invitarnos a su amistad, para revelarnos algo de su propia intimidad, para que aprendamos a confiar en él, para exhortarnos a la conversión, para estimularnos a vivir mejor. Entonces no tiene sentido que analicemos un texto bíblico sólo con una actitud de estudiosos o de curiosos, sino sobre todo con el deseo del que está dispuesto a dejarse tocar por dentro para que esa Palabra transforme toda su vida. Cuando Jesús nos llama “amigos” (Jn 15, 14-15) no es para que tomemos nota de esa información, sino para que nos detengamos a valorar esa amistad, a disfrutarla y agradecerla.

El misionero que se apasiona en la predicación de la Palabra está dispuesto a dedicarle tiempo. Porque el primer signo concreto de que verdaderamente respetamos la Palabra de Dios y queremos aprender algo de ella es tomar la decisión de dedicarle un buen tiempo, ofrecer un momento solamente para esa Palabra.

Pero es un tiempo de encuentro con Alguien que comunica verdad. Por eso, cada vez que se acerca a la palabra, el misionero le pide al Espíritu Santo que él coloque en su corazón el culto a la verdad. De lo contrario no estará abierto para escuchar el mensaje de ese texto y seguirá encerrado en un mundo pequeño de ideas, condenado a repetir siempre lo mismo. La oración es importante para crear una disponibilidad humilde y abierta. Tenemos que estar dispuestos a permitir que el texto bíblico nos sorprenda, nos saque de nuestros esquemas, nos obligue a ampliar nuestras perspectivas. Pero esa apertura sincera no se fabrica. Es un don que hay que pedirle insistentemente al Espíritu Santo en la oración.

Después de precisar cuál es el mensaje propio del texto que lee, el misionero no puede pasar inmediatamente a la preparación de lo que va a decir a los demás. Primero debe permitir que ese texto bíblico le diga algo a su vida, ilumine su propia existencia, le pida algo, lo interpele, lo movilice, le cambie la vida. Si no lo hace, estará exigiendo a los demás que se dejen tocar por la Palabra de Dios mientras a él sólo le ha pasado por el costado y no le ha movido ni un pelo.

Jesús se irritaba frente a esos pretendidos maestros, muy exigentes con los demás, que pretendían enseñar la Palabra de Dios, pero no se dejaban iluminar por ella: “Atan cargas pesadas en las espaldas de los demás, pero ellos no las mueven ni siquiera con un dedo” (Mt 23, 4). Por eso el Apóstol Santiago exhortaba: “No se hagan maestros muchos de ustedes, hermanos míos, sabiendo que tendrán un juicio más severo” (St 3, 1). Quien quiera predicar primero debe estar dispuesto a dejarse conmover y cambiar por la Palabra. Por eso, antes de preparar lo que uno va a predicar, primero debería dedicar un tiempo a la oración personal, para dejarse iluminar él mismo por el mensaje del texto.

Se trata de “personalizar” el mensaje que uno quiere transmitir. Consiste en dejar que ese mensaje traspase la propia vida antes de transmitirlo a los otros. Un misionero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás, porque es una Palabra viva y eficaz, que como una espada “penetra hasta los límites más profundos en el alma y el espíritu, hasta la médula, y traspasa los sentimientos y pensamientos del corazón” (Heb 4, 12).

Esta personalización de la Palabra de Dios se desarrolla haciéndole preguntas al texto bíblico. Preguntándose por ejemplo: “¿qué me dice a mí este texto?”, “¿qué quiere tocar de mi vida esta Palabra?”. Pero se trata de un “encuentro”. Por eso es indispensable que estas preguntas no sean sólo una conversación con uno mismo, una reflexión o un mero ejercicio práctico. Lo más importante es escuchar al Señor que habla en su Palabra. Se trata de escucharlo a Él. Por eso, lo mejor es que esas preguntas se conviertan en una oración, en un diálogo directo con el Señor. Por ejemplo:
“¿Señor, qué me estás queriendo decir a través de este texto?”
“¿Señor, qué estás queriendo tocar, sanar, liberar en mi vida?”

Alguien podrá decir que esto es algo un poco individualista y que el misionero no es un monje, sino que debe dedicarse a llevar la palabra a los demás. Es verdad. Pero esta oración con la Palabra le da mucha calidad a la predicación del misionero, porque se nota mucho cuando alguien habla de algo que siente como “propio”, que ha “encarnado” en la oración. Los demás perciben cuándo yo estoy hablando de algo que ha tocado mi vida o cuándo estoy hablando sólo desde la mente. La gente intuye perfectamente cuando soy un profesional que está explicando algo muy bien preparado y cuando soy un sabio que transmite lo que ha saboreado y penetrado en su oración personal.

Por otra parte, cuando alguien tiene una misión evangelizadora, su oración con la Palabra debe estar penetrada por esa misión, porque esa misión no es un apéndice que se pueda quitar por un momento, sino algo que determina toda su existencia en esta tierra.
Si la lectura espiritual de la Palabra no nos estimula a ser más para los demás, a vivir para ellos, entonces es Satanás que “se disfraza de ángel de luz” (2 Co 11, 14). Porque el que no ama a su hermano “está en la oscuridad, camina en la oscuridad, no sabe a dónde va” (1 Jn 2, 11).

Hemos puesto un oído en el Evangelio, pero como bien decía Monseñor Angelleli, hace falta poner el otro oído en el pueblo. Particularmente cuando uno está preparando una predicación necesita tener un oído en el pueblo, para descubrir lo que a la gente le hace falta escuchar de Dios en este momento. Por eso no basta estudiar el texto bíblico y orar con él. Para saber de qué tenemos que hablar en la predicación también hay que prestar atención a los demás. De esa combinación entre el mensaje del texto y lo que la gente necesita escuchar saldrá el contenido de la predicación.

La preocupación por la forma de predicar, incluso por la técnica, también es una actitud profundamente espiritual. Porque es responder al amor de Dios, entregándonos con todo nuestro ser en la misión que él nos confía, ofreciéndole nuestra mente, nuestra imaginación, nuestra creatividad. Pero también es un ejercicio exquisito de amor al prójimo, porque no queremos ofrecer a los demás algo mal preparado. Una madre que ama realmente a sus hijos, no sólo se preocupa por darles de comer, sino también por prepararles una comida deliciosa, atractiva, agradable. Si un misionero es descuidado a la hora de preparar lo que va a transmitir a los demás, eso puede indicar una escasa pasión por los demás y por la Palabra de Dios, o una actitud de soberbia y autosuficiencia. Somos humildes y alegres servidores de la Palabra que nos enamora.

| Volver a principal | Volver a Edición 482 junio - agosto 2010