“La Iglesia da gracias al Señor por el don inestimable de la vocación al ministerio sacerdotal que Él ha tenido a bien otorgar a tantos jóvenes naturales de los pueblos que recientemente se han convertido a Cristo” (Juan Pablo II).
“Felipe se acercó y, al oír que leía al profeta Isaías, le preguntó ¿comprendes lo que estás leyendo?, el le respondió: ¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?" (Hechos 9, 30) Este es el pedido casi desesperado que le hace el etíope a Felipe al no comprender el mensaje de la Buena Noticia. Hoy como en aquella época también existen muchos hermanos nuestros, qué deseosos de escuchar la Buena Noticia, no pueden hacerlo por falta de personas que la expliquen.
Las vocaciones nativas, que desarrollan su actividad caritativa y pastoral en países tantas veces acosados por guerras y luchas, son un exponente de una nueva forma de vivir y trasmitir esa Buena Noticia. Es por eso que todos nosotros como bautizados debemos sentirnos responsables del sostenimiento material y espiritual de las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa de la propia comunidad y de las comunidades más pobres.
Hoy el mandato del Señor nos apremia: anunciar la Buena Noticia al mundo entero y pedir para que surjan ministros del Evangelio en las propias comunidades cristianas de los países de misión. Hago mías las palabras de Juan Pablo II: “No podemos permitir que ni una sola vocación al ministerio sacerdotal se pierda por falta de medios económicos “Numerosos obispos de los países de misión aportan el testimonio de que, en estos mismos días, más de una diócesis podría ver reducidas a nada sus esperanzas de contar con un clero autóctono, si la Obra de San Pedro Apóstol no les brindara ayuda”. ¿Quién de nosotros no siente la actualidad palpitante de estas palabras?
Es un hecho: la necesidad de sacerdotes, religiosos, religiosas, es inmensa; es nuestra oración la que sostiene a tantos hombres y mujeres que, entregándose a Cristo, continúan anunciando el Evangelio a pesar de todas las dificultades, es en la oración donde descubrimos que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo, que quiere corazones valientes y decididos; vale la pena consagrarse al hombre por Cristo, para ayudarlo en el camino hacia la eternidad; vale la pena hacer una opción por un ideal que nos dará grandes alegrías aunque nos exija también muchos sacrificios.
Sigamos el ejemplo de María que con maternal disposición acoge a cada uno de los llamados por Dios Padre, y de Santa Teresita, que con fraternal entrega ofrece por ellos sus oraciones; ya que con nuestro sacrificio espiritual y material podemos aumentar la gran familia de sacerdotes y religiosos/as en tierras de misión que continúen hasta el fin de los tiempos y hasta los confines de la tierra la extensión del Reino.