Una prioridad del Año Sacerdotal debe ser la formación no sólo de los seminaristas sino de los mismos formadores. Es lo que afirma en esta entrevista concedida a nuestro diario. La formación del clero nativo es una de las prioridades de la Pontificia Obra Misional de San Pedro Apóstol.
¿Han fomentado iniciativas particulares en ocasión del Año Sacerdotal?
No tenemos iniciativas particulares, en el sentido de que no organizamos directamente los eventos a nivel mundial. Apoyamos las iniciativas fomentadas localmente por los obispos y por los responsables de los seminarios. Estoy esencialmente convencido de que es necesario traducir el objetivo del Año Sacerdotal en términos de formación.
¿Qué representa este año para los seminarios en los países en vías de desarrollo?
Ante todo representa lo que para toda la Iglesia: una reflexión sobre los fundamentos del sacerdocio, una actualización del compromiso a seguir a Cristo en el sacerdocio y a ser sacerdotes según el corazón de Dios. Las iniciativas a tomar deben servir para concentrarse en este objetivo esencial. Anhelo que la expresión "calidad integral" sea reveladora de lo que representa el Año Sacerdotal para los seminarios. Es decir, no se trata simplemente de preparar un plan de estudios para los seminarios, como siempre hubo, hace falta hacerlo con la preocupación de pensar no sólo en la formación intelectual, sino también la espiritual, moral y social. Creo que el Año Sacerdotal será para los obispos una buena oportunidad para concentrarse sobre la calidad de la formación.
¿Cuáles son las principales formas de ayuda que la Obra brinda a Países de Misión?
La formación para nosotros es una prioridad. Un docente del seminario debe poseer una disciplina y un arte para guiar a los jóvenes en su camino espiritual y adentrarlos al grado de descubrir lo que Cristo les pide. Debe poseer el don de discernimiento para ayudar al seminarista a ser un hombre de oración, que es diferente a seguir simples ejercicios de piedad. Se necesitan, por lo tanto, formadores que acompañen a los jóvenes en este camino. En los últimos años se nota una mayor toma de conciencia al respecto y se organizan cursos específicos. Por lo tanto, la formación es lo primero que la Obra financia. Para nosotros es muy importante. Formación significa también alentar a las diócesis a tener un seminario eficiente. Por esto, buscamos garantizar a los obispos una constante y sustancial ayuda para la infraestructura existente y para la construcción de nuevos seminarios. Cuando se habla de construcción de edificios, se entiende también el mantenimiento. Considerando que en los países africanos la falta de agua potable es un grave problema -como lo es la represión de la electricidad- una parte de nuestra financiación se ordena también a este recurso. Otros fondos también se destinan a la adquisición de libros indispensables para las bibliotecas y para la informatización. A mi pesar, aún hay muchos países donde los seminaristas no tienen familiaridad con la computadora ó la Internet.
Para hablar en términos de balance, podemos decir que la forma principal de nuestra intervención es la del subsidio ordinario, que cubre el 75 % de nuestro presupuesto. Respecto a los seminarios mayores la contribución a los gastos generales es de 700 dólares anuales por cada seminarista.
¿Se ocupa la obra, además del clero de la formación de los religiosos?
Los religiosos, en general, son competencia de la Obra de Propagación de la Fe. Sin embargo, hay un aspecto sobre el cual intervenimos: erogamos subsidios para el año canónico de los novicios bajo forma de contribución ordinaria. La enviamos directamente a las congregaciones religiosas para el sostén de los gastos de formación de los nuevos miembros.
¿Piensa que es necesaria una revisión de los criterios de formación, empleados hasta ahora, en los seminarios de África y de Asia?
Durante 17 años he sido formador en un seminario mayor del Congo. Estoy convencido de que debemos hacer aún un gran trabajo de inculturación y de contextualización de la formación en los seminarios de África y de Asia. La inculturación no se entiende simplemente como posibilidad de utilizar alguna expresión exterior en la liturgia, por ejemplo, tocar el tambor. En vez, pienso, se trata sobre todo de adaptarse mejor a las costumbres de vida de aquellos países. No es suficiente imitar mecánicamente el itinerario formativo seguido en los seminarios de Europa; antes bien, es necesario buscar lo que ayuda a tener clérigos realmente al servicio del Evangelio en el contexto cultural local.
En Europa consideramos normal que el párroco no tenga problemas económicos, sea respecto al alojamiento o en cuanto a lo necesario para vivir y solventar su actividad pastoral. ¿Cómo, se puede pensar, en tantos países pobres del África ó del Asia, donde no hay ninguna asistencia de parte del Estado, consigue la Iglesia mantener a los sacerdotes y a sus estructuras? Está claro que es muy grande el problema de un equilibrio financiero. No es fácil decirle a la Iglesia que debe buscar autofinanciarse. ¿Cómo hace para mantenerse en un país donde la mayoría de la población tiene un salario de dos dólares por día? Por otra parte, no obstante, tampoco es bueno tener una Iglesia en dependencia permanente de ayudas internacionales. Frente a esta situación pienso que debemos tratar de formar a los jóvenes en una espiritualidad abierta a la disponibilidad: ó sea, jóvenes capaces de vivir con dignidad y con gozo aún en situaciones de pobreza, pero no de miseria.
Otro punto sobre el cual trabajar es la necesidad de formarse en la vida de oración, agotando la riqueza de la espiritualidad existente en la mentalidad y en las tradiciones africanas. Es un gran error pensar que debemos comenzar de cero, porque los pueblos del África y del Asia son en general mucho más religiosos que los europeos. Tienen un instinto innato hacia lo trascendente, mucho más fuerte que el de la Europa secularizada. A propósito, quisiera repetir que muy a menudo la formación se modela sobre la experiencia europea. Es normal, porque el seminario, como tal, es una institución adoptada por la Iglesia europea después del Concilio de Trento. Ciertamente, es algo bueno, pero necesita actualización continua. Estimo sería todavía una gran tarea de hacerlo a nivel de las Conferencias Episcopales regionales, nacionales y continentales.
¿Cree que el ejemplo de san Juan María Vianney sea aplicable a los seminaristas africanos y asiáticos?
Lo creo bajo una condición: que su figura sea bien presentada. En su justo contexto y después de haber cumplido un trabajo hermenéutico. Está claro que no se puede transplantar el ejemplo del santo, que vivió en la Francia de otra época, a otro país distante en la cultura y en el tiempo. Pero se pueden mostrar algunos aspectos que son universalmente válidos: su disponibilidad en seguir la vocación, su insistencia en recomendar acercarse con frecuencia al sacramento de la reconciliación, su dedicación incondicional a los parroquianos. Hace falta presentar estos aspectos teniendo en cuenta el idioma y las costumbres de la época. Estoy seguro de que en los países de cultura distinta a la europea, se deben presentar también otras figuras locales de testimonio del Evangelio, uniéndolas al ejemplo de san Juan María Viannney. Pienso en lo que ha hecho la diócesis de Kinshasa al elegir como modelo para el clero al cardenal Madullah, primero párroco, luego obispo y cardenal. Como fuere, la figura del cura de Ars es muy popular y varios seminarios lo han elegido como patrono.
