Somos muchos los que este año hemos pensado, con acierto, que la labor de las vocaciones Nativas es responsabilidad de todos. No son momentos fáciles, pues La situación de la Humanidad, va marcando un ritmo distinto a lo que muestra el Evangelio de Jesucristo. No obstante esta dificultad, como diría Juan Pablo II, ningún ser humano puede vivir sin perspectivas de futuro. Mucho menos la Iglesia, que vive la esperanza del Reino que viene y que ya está presente en este mundo. Sería injusto no reconocer los signos de la influencia del Evangelio de Cristo en la vida de la sociedad.
La responsabilidad, es una exigencia que nace de un corazón noble y que está abierto a ser coherente con la sociedad a la que sirve y se entrega. Respecto a la labor educativa en la formación de niños y jóvenes, es muy importante destacar que toda la sociedad tiene la facultad de enseñar, especialmente la familia, por ello estamos obligados a ser despertadores de conciencias y animadores de vocaciones , para que las mismas personas a la que nos dirigimos encuentren el camino más adecuado a cada una y se hagan responsables ante Dios y ante la Iglesia de su servicio y entrega. Siempre se afirma que la responsabilidad es de todos, pero de forma especial es de los que tenemos el don de la Fe.
Me impresiona el pasaje de Jesucristo en el encuentro con el joven rico y que así nos narra el evangelista Mateo (19,16-26). Aquel joven estaba dispuesto a ser perfecto continuando siendo rico de sí mismo y rico de posesiones materiales. Cuando Cristo le invita y le aconseja dejar todo para seguirle, él mismo se encoge, se entristece y vuelve la mirada a la propuesta del Maestro. El orgullo de ser perfecto le impedía ser pobre de sí mismo. En el seguimiento a Jesucristo no son necesarias las alforjas que uno lleva encima. La que más cuesta es la del desprendimiento de uno mismo y el desprendimiento de los bienes materiales.
Hablando de este tema, el Papa Pablo VI decía: que la vida cristiana es testimonio de una búsqueda constante de Dios, de un amor único e indiviso por Jesucristo, de una dedicación absoluta al crecimiento de su Reino. Sin este signo concreto, se corre el peligro de que se enfríe la caridad que anima a la Iglesia, que atenúe la paradoja del Evangelio y que la sal de la fe se diluya en un mundo en fase de secularización.
Las vocaciones a la vida de una especial consagración no se improvisan, puesto que llevan un proceso concreto de madurez. Se requiere tiempo y disposición para un profundo seguimiento a Cristo, que invita permanentemente a seguir sus pasos. Los consagrados, que son como la levadura en medio de la masa, están señalados para hacer visible la santidad en medio de la sociedad; se debilitaría y empobrecería progresivamente nuestro mundo sin su presencia. S.S. Juan Pablo II afirmaba que la misma sociedad se empobrecería cada vez más, si no fuera inducida a levantar la mirada hacia donde están las verdaderas alegrías. Pero también la Iglesia se empobrecería, si faltara quien manifestase concretamente y con fuerza la continua actualidad del don de la propia vida por el Reino de los cielos.
El pueblo cristiano tiene necesidad de hombres y mujeres que en la ofrenda de sí al Señor encuentran la plena justificación de su propia existencia y asumen sobre sí la misión de ser 'luz de la gentes' y 'sal de la tierra', constructores de esperanza para cuantos se preguntan por la perenne novedad del ideal cristiano (Juan Pablo II, Mensaje con ocasión de la XXIX Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, n. 3). Es la vocación de por vida que hace posible gustar lo que después, en la eternidad, se ha de realizar en el género humano. La misma sociedad demanda tales vocaciones, aún cuando no se entienda su modo de vida o su característica de entrega, especialmente en cuando se trata de las vocaciones Ad Gentes.
En ella se nos invita a ser relistas y vivir con mayor responsabilidad a todos ya que en un contexto contaminado por el laicismo y atrapado por el consumismo, la vida consagrada se convierte cada día más en signo de esperanza y en punto de referencia que da testimonio de la dimensión trascendente de la vida y de la existencia.
No son momentos fáciles para las vocaciones de especial consagración, ya que una sociedad marcada por un materialismo práctico, hace que muchos jóvenes desvíen su mirada y orienten su vida al margen de esta experiencia de fe. Lo mismo que ocurrió a Cristo con el joven rico. De todas formas, se ha de trabajar para que no nos dejemos llevar por el desánimo y la angustia. Debemos seguir sembrando la inquietud vocacional en los jóvenes, especialmente en nuestras comunidades, en las que debe crecer la conciencia de que nuestra Misión es construir la civilización del Amor, la transformación de la humanidad, ya que es un gran deber que tenemos todos.
Quisiera enumerar a la luz de lo expresado anteriormente, los objetivos que nos guían en este caminar responsable y se haga realidad también hoy, la obra del Espíritu Santo, quien movió a las Primeras comunidades cristianas: quienes …vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno (Hch 2, 45). En nuestra generosidad se expresará la catolicidad y la comunión eclesial.
De esta manera la Obra se preocupa de las necesidades de todas las Iglesias de Misión, sobre todo de las más necesitadas, porque han sido fundadas recientemente o porque se encuentran en países con escasos medios económicos.
Objetivos:
- Promover entre los fieles una eficaz colaboración con los objetivos de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol, que atiende las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en los territorios de misión.
- Obtener fondos y ayudas económicas para el sostenimiento y formación de esas vocaciones a través de la financiación de Becas de ayuda.
Fomentar en el seno de las comunidades cristianas la oración perseverante para que Dios siga suscitando nuevas vocaciones en estos lugares de misión. - Intensificar la ayuda espiritual y material en favor de los sacerdotes enfermos y jubilados de los territorios de misión.
Por ello, con un corazón agradecido por todo el bien que Nuestro Padre quiere seguir haciendo en y por nosotros, contribuyamos con nuestra oración, ofrecimiento y colaboración, para que crezca el número jóvenes que se sientan llamados a trabajar en los países de Misión y no les falte lo necesario para su formación y servicio.
