Felíz día del Párroco
San Juan María Vianney nació en Lyon en 1786. Luego de varias dificultades pudo ordenarse sacerdote. Fue destnado a una parroquia de Ars. Y con una gran predicación, oración y caridad gobernó su comunidad de manera admirable.
Era un gran confesor y los fieles acudían a él de todas partes. Falleció el 4 de Agosto de 1859.
El día 4 de Agosto, la Iglesia celebra el día del párroco, recordando la memoria de Juan María Vianney que es el patrono de los sacerdotes que están a cargo de una comunidad. «Todo sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir en favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios, a fin de ofrecer dones y sacrificios por el pecador»; «y ofrecer por los pecados del pueblo y por sus propios pecados» (Heb. 5). Ningún sacerdote es digno de realizar esta tarea, pero Dios mira los corazones y llama a quien quiere y en el momento propicio.
Las comunidades necesitan del pastor, a imagen de Jesús Buen Pastor. Las parroquias, las capillas, los colegios, etc, buscan al Jesús vivo que administra los sacramentos para la salvación de las almas; anima con su palabra explicando y enseñando la Palabra de Dios, alivia la carga de los que se encuentran agobiados por los problemas cotidianos.
En nuestra vida seguramente hubo un momento de necesidad de un sacerdote. Por eso, en este crítico momento que nos toca vivir, recuperemos la dicha de ser cristianos valorando el trabajo del padre-sacerdote que atiende la comunidad. Valorar una entrega diaria, su sí al Señor, su renuncia a una vida común, para ser de Dios y hacerse «todo para todos, para salvar a algunos». (31 cor. 9, 22)
Debemos descubrir que la parroquia es, para los fieles laicos, su segundo hogar y que debe encontrar en ella un lugar no solo para el culto, sino para rezar y agradecerle a Dios por todas los beneficios recibidos. Y en este lugar, el cura párroco es el «padre» de toda esa gran familia que es la comunidad integrada por los catequistas, los jóvenes, las personas mayores y todos los que van en busca de alivio y acogida.
Los sacerdotes, especialmente los párrocos, debemos tener como arma para defender del mal a nuestros «hijos» espirituales, la oración, la fe recta, la esperanza cierta y la caridad perfecta; atributos del hombre de Dios. Que sintamos, hermanos sacerdotes, lo que sintió ese gran santo de Ars: «me arrodillé consciente de mi nada, y me levanté siendo sacerdote».
P. Dante
Obras Misionales Pontificias de Argentina