Jesús nos envió: "Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio" (Mc 16, 15). Pero nosotros no lo anunciamos porque está mandado. La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra.

 

Para eso hace falta recobrar un espíritu contemplativo, un corazón abierto que dedique tiempo a considerar los pequeños detalles de Jesús, que nos muestra el Evangelio. Así nos damos cuenta de que vale la pena comunicar esa riqueza. Somos depositarios de un tesoro que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay otra cosa mejor para transmitir a los demás.

Quizás, hay detalles que todavía no entendemos, pero si vamos a sus núcleos fundamentales descubrimos que realmente el Evangelio es precioso. Podremos encontrar cosas bellas en todas las religiones, en el Hinduismo, en el Budismo, en el Taoísmo. Pero lo que nos ofrece el Evangelio es mucho más. Es la figura del Hijo de Dios infinito, que quiso hacerse uno de nosotros y vivir nuestra vida, y que, además, entregó su sangre por amor. Eso es algo inmensamente precioso que no encontraremos en otra parte, sólo en el Evangelio. Vale la pena leer las palabras que escribió Umberto Eco. Él dice que no puede afirmar que Dios exista, pero, sin embargo, reconoce que el Evangelio tiene una hermosura que lo perturba, y que si él fuera un viajero de una lejana galaxia y se encontrara con lo que cuenta el Evangelio de Jesús, un Dios hecho hombre y entregado por amor, eso le parecería un milagro, se quedaría profundamente admirado de que alguien pueda creer algo tan bello, y entonces sentiría deseos de ser mejor'.

Pero yo no me refiero sólo a la entrega de Jesús en la cruz. Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, todo es precioso y despierta el deseo de darlo a conocer a los demás. ¿No es maravilloso ver actuar a Jesús, mirar sus actitudes ante la gente, su delicadeza con los excluidos de la sociedad, su entrega inagotable?

Cuando nosotros compartimos eso con los demás, no lo hacemos para convencerlos a la fuerza, sino como regalándoles algo que vale la pena, como sirviéndoles una mesa, o como haciéndoles probar un perfume delicioso. Nadie se coloca un perfume sólo para olerlo él mismo, sino para compartirlo con los demás. Eso es la misión.

Puede suceder que alguna parte del Evangelio nos perturbe, nos desagrade, nos moleste, nos inquiete o nos parezca oscura. Pero eso no significa que el Evangelio está equivocado o que es oscuro, sino que hay, en nuestro interior, una perturbación que estamos llamados a sanar para ser más felices. Meditar el Evangelio nos ayuda a reconocer nuestras propias oscuridades. Pero junto con esos textos que nos perturban, hay muchos otros que nos cautivan, que nos alientan, que nos alegran.

 

 

Si alguien realmente se ha detenido a orar con el Evangelio, sabe que no es bueno privar a los demás de una hermosura que vale la pena conocer y disfrutar. Para que ellos lo descubran, tendremos que usar nuestra creatividad, nuestra delicadeza y nuestra mejor sensibilidad, tratando de presentar el Evangelio de tal manera que dejemos ver su atractivo. Como dice el Papa Francisco, sabemos bien que "no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra" (EG,266).

Cuando uno se deja cautivar por el Evangelio, entonces la misión se le vuelve una necesidad, y puede decir como san Pablo: "¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!" (1 Cor 9,16).

Has recibido el llamado a llevar a los demás lo más bello, eres un instrumento de la misma Belleza. ¡Alégrate de vivir para eso!

 

(*)Del libro 'Quince motivaciones para ser Misioneros' - Editorial Claretiana