El despertador de la conciencia misionera

"Muchos sacerdotes se ocupan demasiado de sus propios problemas pastorales y no lo suficiente de las misiones". Y los religiosos deben procurar no reducirse "a la pequeñez de los intereses de sus congregaciones [...], que pueden nublar el fúlgido ideal de la vida misionera". ¿Quién se atreve a lanzar tan contundentes denuncias y consejos? El que con tanto ardor habla no es otro que el padre misionero Paolo Manna (1872-1952), quién funda en 1916 -con la ayuda y apoyo del santo obispo de Parma y fundador del Instituto Misionero de San Francisco Javier, monseñor Guido María Conforti- la inicialmente denominada Unión Misional del Clero y hoy conocida como Pontificia Unión Misional (PUM); distinción de "Pontificia" que le fue otorgada el 28 de octubre de 1956 por Pío XII. Su objetivo no era otro que "ayudar a despertar y profundizar la conciencia misionera de la vida sacerdotal y de la vida consagrada". Y, si se habla de despertar, es proque en aquel entonces, y en nuestros días tampoco es que andemos muy a la zaga, se observaba un adormilamiento respecto a la importancia, la urgencia y el deber de responder a la llamada de la misión ad gentes, que se traducía en un desconocimiento y, por consiguiente, una indiferencia de los católicos de todo el mundo frente a la cuestión misionera.

El padre Manna que había sido misionero en Birmania, tenía muy claro que esta tarea de concienciación no podía ser un trabajo más del misionero o misionera que se encuentra, a miles de kilómetros de distancia, volcado en su labor evangelizadora y de servicio a los pueblos que viven en los territorios de misión. Los animadores misioneros, los divulgadores de la misión entre los católicos de las Iglesias de vieja fundación debían ser, sin duda alguna, sus pastores y el clero diocesano: sus obispos y sacerdotes. A estos, pensó, les correspondía instruir a los fieles y organizarlos a favor de la actividad misionera de la Iglesia. "El sacerdote -señalaba- no es solamente maestro de los fiesles, y su ministerio no se limita al interior de los templos; él es por vocación y naturaleza organizador de las fuerzas cristianas que tienden a favorecer y preservar la propagación de la fe en todo el mundo".

EL 14 de julio de 1949 -todavía en vida del padre Manna-, el papa Pío XII extiende esta fundación de animación misionera a la vida consagrada, a los religiosos y religiosas, tanto de vida activa como contemplativa. Desición que, posteriormente, recibió los elogios de Pablo VI en la carta apostólica Graves et increscentes. Con esta iniciativa, señala este pontífice, "se abrió muy oportunamente el campo de la oración, del sufrimiento y del apostolado -propia y principal tareal de la Unión Misional del Clero- a nuevos operarios evangélicos que, consagrados a Dios por medio de la profesión religiosa, prestan ya una preciosa colaboración a los sacerdotes en la obra de educación del pueblo cristiano".

Y no se quedó ahí en la apertura. Porque, si el objetivo principal de la Pontificia Unión Misional es la formación de la conciencia misionera de los sacerdotes, relgiosos y religiosas con el fin de que luego ellos la cultiven en le seno de la comunidad católica, nadie como esta Obra es también sabedora de la importancia que el laicado puede tener en esta labor. Buena prueba de ello habían sido Paulina Jaricot y Juana Bigard, fundadoras respectivamente de las Obras Pontificias de la Propagación de la Fe y San Pedro Apóstol. Por este motivo, en los Estatutos de las OMP de 26 de junio de 1980 se recoge que la PUM también se dirige a "otras personas comprometidas en el ministerio pastoral de la Iglesia", con vistas a conseguir que la comunidad cristiana, en cuanto tal, se sensibilice de su condición misionera. Con palabras similares se señala este aspecto en le artículo 20 del vigente Estatuto. En definitiva, se abren las puertas a los colectivos llamados a desempeñar la labor de animación misionera y de formación de formadores.