El horizonte de la Misión es la humanidad

Va madurando una conciencia misionera más profunda y clara en la vida de la Iglesia

Vamos comprendiendo mejor que el llamado del Evangelio a salir (tantas veces señalado por Francisco) no es opcional sino que expresa nuestra identidad, ser luz y sal de la tierra.

Se procura mirar más allá de la propia realidad, del propio servicio o carisma, de la propia comunidad.

Buscamos dar tiempo, hacernos próximos, salir al encuentro, ofrecer nuestra escucha, nuestra amistad y el tesoro de nuestra fe.

Pero necesitamos quizá ampliar aún más la mirada, ir más lejos, mirar con la amplitud y compasión del corazón de Jesús, con sus mismos ojos que se se conmovían al ver las multitudes como ovejas sin pastor.

Muchas comunidades aún no han recibido el anuncio del Evangelio, muchas Iglesias locales carecen de recurso humano y de medios para acompañar y sostener la vida de sus comunidades, muchos hermanos viven en la pobreza extrema, en la soledad y la opresión, la privación de derechos, la marginación...

En el corazón de todo hombre hay una espera silenciosa, a veces sin saberlo, de la Buena Noticia que es Jesús mismo. Sería penoso olvidarnos de ello, sería triste guardarnos el don para nosotros.

El Beato Manna vivía esta tensión entre las multitudes que aún no conocían el Evangelio y una Iglesia poco decidida a comprometerse con la misión universal. Desde la Pontificia Unión Misional (PUM) nos ha abierto un camino de revitalización misionera para quienes nos hemos comprometido por el Reino.

Podríamos preguntarnos ¿hasta dónde llega nuestra mirada? Que sería como decir: ¿hacia dónde van nuestros esfuerzos, desvelos, sueños? ¿Hasta dónde llega la mirada de un agente pastoral laico, de un sacerdote, de un religioso/a, de un obispo? ¿El propio grupo, parroquia, congregación, diócesis es el horizonte último de nuestra entrega? ¿Será esto aunque valioso suficiente?

Dejemos que nos responda el Beato Manna con escritos de inicios del siglo XX:

Muchos sacerdotes se ocupan demasiado de sus problemas pastorales y no lo suficiente de las misiones. Y los religiosos deben procurar no reducirse a la pequeñez de los intereses de sus congregaciones que pueden nublar el fúlgido ideal de la vida misionera.

 

Queriendo captar en estas dos expresiones referidas a los sacerdotes y religiosos el espíritu más hondo que mueve al Beato podemos decir que las misiones (entendiendo aquí la primera evangelización) debería ser el horizonte y el motor de todo aquel que ha puesto las manos en el arado, acortar la mirada al propio surco sería reducirse a cuidar la propia quinta y en ese descuido de la totalidad ir reduciendo las posibilidades de fecundidad además de ser una injusticia para tantos que esperan en silencio.

El Beato en sus años como misionero en Asia pudo adquirir una mirada universal, amplia, generosa, y por eso sus palabras quizá brotaban del dolor de saber de la existencia de tantos grupos y situaciones humanas no acompañadas debidamente, espacios donde la Iglesia no se hacía compasivamente presente. Quizá sea aquel mismo sentimiento que traducía en palabras Juan Pablo II en la Redemptoris Missio: “desde el comienzo de mi Pontificado he tomado la decisión de viajar hasta los últimos confines de la tierra para poner de manifiesto la solicitud misionera; y precisamente el contacto directo con los pueblos que desconocen a Cristo me ha convencido aún más de la urgencia de tal actividad (misión ad gentes), a la cual dedico la presente Encíclica” (RM 1).

Que nuestra oración y nuestra misión sean expresión de nuestra pasión por toda la humanidad al modo del Beato Paolo Manna.