El amor que habla...

Víctor Manuel Fernández (*)

Cuando alguien se enamora y se siente cautivado por otra persona, necesita hablar de ella. Por más que trate de contenerlo, su nombre le viene a los labios, disfruta contando cosas del ser amado y le brillan los ojos cuando dice su nombre. No puede ocultar que está enamorado.
Pero se vuelve más incontenible todavía cuando se siente correspondido, cuando tiene la seguridad de que la otra persona también lo ama. Entonces el corazón estalla de alegría y de ternura, y no puede dejar de contárselo a los demás.

Por otra parte, como está seguro del amor de esa persona, no tiene miedo de que se lo quiten, no siente celos. Al contrario, desea que todos conozcan a esa persona, que vean lo linda que es, que la valoren.
Si nos hemos dejado cautivar por alguien tan bello como Jesucristo, entonces nos sucede lo mismo. ¿Cómo evitar hablar de él? ¿Cómo no desear que lo conozcan, que lo quieran, que lo descubran? Si no te sucede algo así, qué amor es ese, que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer?

No caben los celos porque hay Jesús para todos. Él tiene amor que desborda y lo regala a manos llenas, pero de un modo personalísimo para cada uno.
Además, él nos ama primero y a cada uno de nosotros le dice: «Yo no te olvido. Míralo, te tengo tatuado en la palma de mi mano» (Is 49, 15-16). Él te amó antes que lo conocieras, antes que pudieras imaginarte un amor tan grande. Es la mirada de amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo: «Cuando estabas debajo de la higuera, yo te veía» (Jn 1, 48).

Si uno de verdad ha hecho una experiencia de ese amor, no necesita esperar mucho tiempo para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den cursos o largas instrucciones.
Inmediatamente desea hablar de lo que ha encontrado y quiere comunicarlo a los demás. Los primeros discípulos, después de encontrarse con la mirada de Jesús, salían a gritarlo: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1, 41).

A partir de la convicción serena y feliz de ser amados por Cristo, nosotros somos misioneros. Hemos recibido un bien que no queremos ni podemos guardar en la intimidad.
Pero el amor no habla sólo con palabras. El misionero derrama el amor de Jesús a través de sus gestos. ¿Por ejemplo? Cuando trata al otro con amabilidad y cariño, cuando lo escucha con atención, cuando al terminar una visita se detiene a orar y así el otro descubre que ha sido escuchado e interpretado.

Si amamos a Jesús y nos sentimos amados por él, evangelizar nos llena de profunda alegría que se comunica. Por eso dice el papa Francisco que «la primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por él que nos mueve a amarlo siempre más» (EG, 264).

Al mismo tiempo, vivimos interiormente cierto dolor cuando Jesús no es amado, no es valorado, no es escuchado, no es aceptado, porque lo amamos. Cuentan que san Francisco de Asís solía lamentarse por las calles: «El Amor no es amado!».

La primera motivación para ser misioneros es el amor de Jesús que hemos recibido y el amor que sentimos hacia él. Por eso, si la excusa que ponemos para no anunciar a Jesús es que no sentimos la necesidad de hacerlo, tendremos que detenernos todos los días en oración, para pedirle a él que vuelva a cautivarnos, que nos haga reconocer su ternura inmensa que llegó hasta el fin: «Me amó y se entregó por mí» (Gál 2, 20). Hay que clamar pidiendo su gracia para que nos abra el corazón frío y cerrado, y para que sacuda nuestra vida tibia y superficial.

Aquí se juega el corazón misionero, y es muy importante comprender esto: ser misionero es salir al encuentro de los demás, ir a sus casas, buscarlos donde ellos están y no quedarse a esperar. Aunque no es sólo eso. Ser misionero también es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús, y entonces eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en una esquina, etcétera Pero hay algo más profundo todavía. Ser misionero es antes que todo eso una cuestión del corazón.

¿Por qué? Porque alguien con corazón misionero no se relaciona con los demás para ser aprobado, para caerles bien, para buscar su afecto, para ser admirado o para usarlos, sino, sobre todo, con la preocupación profunda de que se encuentren con Jesús y lo amen. Por eso, en su boca está siempre el primer anuncio: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte».

Este primer anuncio no se llama «primero» porque está al comienzo y después se olvida, sino porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra. El corazón misionero es el que tiene la necesidad permanente de comunicar ese anuncio salvador a cada persona que se encuentra en el camino de su vida.

(*)Del libro 'Quince motivaciones para ser Misioneros' - Editorial Claretiana