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El amanecer del día que cambió la historia.

El Papa Francisco ingresó a una Basílica de San Pedro a oscuras y vacía, sus primeras palabras acompañan lo que vive y preocupa a la humanidad toda “este año percibimos más que nunca el Sábado Santo, la memoria herida, la esperanza sofocada”. Hoy todos necesitamos ser reconfortados.


Para referirse al “envío”, el Santo Padre cita Mt 28,10: “Comuniquen a mis hermanos que vayan a Galilea» y nos recuerda: “Es hermoso saber que camina delante de nosotros, que visitó nuestra vida y nuestra muerte para precedernos en Galilea; es decir, el lugar que para Él y para sus discípulos evocaba la vida cotidiana, la familia, el trabajo. Jesús desea que llevemos la esperanza allí, a la vida de cada día”.



Cada uno de nosotros tiene su propia Galilea, manifestó. Necesitamos retomar el camino, recordando que nacemos y renacemos de una llamada de amor gratuita.

Esta noche conquistamos un derecho fundamental, el de la esperanza, expresó. Para luego referirse en su homilía a las mujeres que fueron al sepulcro quienes, dijo, no renunciaron al amor, sino que la misericordia iluminó la oscuridad del corazón. Para ellas, como para nosotros, era la hora más oscura, pero, dijo, abrazaron los pies que pisaron la muerte y abrieron caminos de esperanza.


Y finalizó “Eres certeza en nuestras incertidumbres, te abrimos el corazón a vos que eres la Vida”.

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